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Marruecos 1999 | |||
Aún no amanece cuando salimos de Barcelona. A velocidad moderada, como
corresponde al Lada nos plantamos en Valencia a media mañana y en Almería cuando cae la
noche. Hoy es Lunes, 6 de Diciembre de 1999, y nosotros somos Marcel, David y Jaume. La
estrella del viaje es un ruidoso y lento, pero robusto, Lada Niva. Disponemos de apenas
una semana y muchos kilómetros por delante. ![]() Embarcamos en el Ciudad de Palma. Hace ya un mes pagamos 32.500 ptas. por los pasajes, coche incluido. Ya en la terminal, y haciendo valer aquello de "que no falte de na" invertimos 15.000 más en un camarote. Salimos puntualmente a las 23:30 y amanecemos, después de dormir de un tirón, en Melilla. Tras aprovisionarnos de gasolina y de una botella de Chivas vamos hacia la frontera. Los consiguientes trámites para personas y vehículo, y en apenas una hora, entramos en Marruecos. La primera parada es en un banco de Nador para cambiar moneda, y desde allí seguimos camino en dirección sudoeste. Llevamos el coche abarrotado de herramientas y comida, así que decidimos soltar lastre haciendo un buen almuerzo. De nuevo en la carretera. Tenemos intención de llegar a Azrou antes de que anochezca para encontrar un buen lugar donde acampar en el bosque de cedros, así que las paradas son pocas y la conducción ligera. A las 13:00 hacemos un alto en Guercif para tomar un reconfortante te en uno de los bares que que hay a ambos lados de la carretera que cruza el pueblo. Empezamos a percibir Marruecos. El violinista ambulante, el limpiabotas, el
vendedor de camisas, el ir y venir de las gentes... Nos acompañan varias guías de viaje, más para amenizar el tiempo con su lectura, que para seguirlas. En una de ellas, de Roger Mimó, se recomienda la visita de kashba de Msoun situada cerca de donde pasamos, así que tomamos un desvío a la derecha y ascendemos hasta el alto en el que se encuentra. Dejamos el coche en el exterior de los, aparentemente, inestables muros y paseamos por sus callejas interiores, contemplando los abandonados nidos de cigüeña y a una solitaria gallina que picotea insistentemente el suelo. Algunas de las viviendas parecen estar aún habitadas, y en prueba de ello unos niños nos observan a distancia, mientras un anciano espera nuestro paso para saludarnos. Continuamos hacia el Oeste en dirección a Fes,, para bajar luego hacia el sur viendo ya a nuestra izquierda las montañas que son nuestro destino: el Atlas Medio.. Anochece
cuando llegamos a Ifrane. Unos pocos kilómetros más y Azrou. Intentamos localizar un
lugar de acampada que nos han recomendado, al parecer situado muy cerca del cedro Gourard,
el más grande de África. Después de rodar totalmente desorientados por los
caminos del interior del bosque volvemos a salir a la carretera y nos detenemos junto a un
puesto de venta de minerales. La noche es cerrada, pero los perros que no se ven, se dejan
oír con sus gruñidos. Enseguida llega su propietario, quién accede a acompañarnos en
el coche para mostrarnos donde acampar. Guiados por él nos internamos
nuevamente en el bosque; nos indica el lugar donde se encuentra el cedro, y una explanada
próxima donde montar nuestra tienda. Tras dejar al improvisado guía en su lugar de
vigilancia, nos acercamos hasta Azrou para aprovisionarnos de pan. Tras
poner a salvo todos los enseres para evitar el expolio nocturno de los monos, el cansancio
del día evita que la incomodidad y el frío de la tienda nos impidan dormir. Despertamos con los primeros rayos del sol que se abren paso con dificultad entre las frondosas ramas de los cedros. Contemplamos en silencio el paisaje. A un lado y a otro árboles y más árboles en lo que parece ser una continuidad infinita. Troncos esbeltos de verticalidad precisa que se prolongan hasta el cielo. A través de los esporádicos huecos entre el ramaje se entrevé el cielo de un azul intenso. El suelo, cubierto por un espeso y mullido manto marrón, salpicado apenas por restos de nieve caída en días pasados. Recogemos la tienda y, después de asegurarnos de dejar el lugar en perfectas condiciones, nos aproximamos hasta el emblemático cedro Gourat. Rodeado de puestos de venta de minerales, casi todos cerrados a hora tan temprana, se erige solitario en un claro, con un cartel clavado en su tronco por alguna mente obtusa para identificarlo.Una colonia de monos, liderada por un viejo guerrero, cojo y sin un ojo se aproxima a mendigar su pan. Canjeamos a un solitario vendedor algunas inútiles prendas de ropa por minerales de aún menos valor. |
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