logo.gif (540 bytes)el diario de Lalo. Marruecos 2001
Viaje a Marruecos
 
  Crónica de un maratoniano viaje a Marruecos en dos coches todo terreno, durante el cual recorrimos casi cuatro mil kilómetros en nueve días, lo cual no nos permitió tomar casi contacto con la gente. Más que viajeros, fuimos transeúntes en un país de enormes espacios abiertos, con tremendos contrastes entre unos paisajes y otros, entre unas gentes y otras. Y ello me enseñó que, cuantas más cosas pretendes ver, menos ves la realidad, menos vives la esencia del lugar al que viajas. Que viajar no es únicamente ir de un sitio a otro, sino acercarte un poco a la gente del lugar por el que te mueves, aprender, o comprender, sus costumbres, su modo de ser y vivir, algunas palabras de   su idioma..., reír con ellos, comer con ellos...
 
 
Jornada primera  (Miércoles, 28/03/2001)
 
  Salimos de Barcelona a las 6 de la madrugada, tras haber estado yo trabajando toda la noche en una cesárea de una vaca en Oló y dormido sólo una hora en casa de Marcel. Es el momento de que Marcel me presente a  David, uno de los integrantes del grupo al cual todavía no conozco.
  A última hora, y en el momento de cargar los equipajes decidimos dejar el jerrican (bidón para gasolina) porque no sabemos dónde meterlo, decisión de la que nos arrepentiremos durante todo el viaje.
  Nos encontramos con el resto del grupo, que viajan en otro coche igual que el de David, es decir, dos Lada Niva 1600, robustos automóviles todo terreno de fabricación rusa y mecánica  muy anticuada, pero no por ello menos efectiva. Lástima que funcionan con  gasolina super y que son vehículos de mucho consumo. Es la hora de conocer a otro de los participantes en la expedición: Luis. Los otros que viajan con él son Jaume y Paco, a los que ya conozco.
  El viaje transcurre sin incidentes hasta que me toca conducir a mí el coche de David y se me rompe la llave de contacto, quedando el trozo dentro de la cerradura. Por suerte podemos sacarlo sin dificultad y llevamos la llave de repuesto, con lo que podemos seguir la ruta.
  Parada en algún lugar de Valencia para comer bocadillos en una gasolinera que queda fuera del itinerario ya que nos hemos equivocado por hacer caso a Marcel.
  Nuevos percances: Hemos de arreglar el retrovisor del coche de Jaume porque se le va moviendo constantemente con el aire. Lo desenroscamos con la navaja multiusos y un trozo de papel de la cajetilla de tabaco en la rótula soluciona el problema. Una reparación digna de Mac Gyver. Más tarde, reventón de una rueda del coche de Jaume, quedando el neumático para tirarlo. Cambiamos la rueda sin problemas y de nuevo al asfalto, que nos espera Almería.
  Durante un buen rato jugamos al gato y al ratón con un camión que nos adelanta cuando hay bajadas, pero al que adelantamos en cuesta arriba. Esto se alarga durante más de media hora, hasta que, durante un adelantamiento en una subida se me pega detrás una ambulancia que me pide paso y me meto detrás de Jaume y delante del camión, frenando a continuación para no comerme a Jaume. El bocinazo que da el camión es de los que hacen historia.
  Finalmente llegamos a Almería a las 19:15 y buscamos un lugar para hacer la copia de la llave, pero no es fácil y hemos de ir a cuatro sitios antes de acabar en el Hipermercado, en donde hacen la llave y la han de retocar 6 ó 7 veces hasta que funciona.
  Cenamos en el puerto con la comida que llevamos y hacemos tiempo hasta la hora de embarcar. Por suerte no nos dicen nada por el exceso de altura de los coches (con las vacas pasan del 1,80 m que pagamos con el billete). Una vez en el barco nos aposentamos en los camarotes, rondamos un poco por el ferry, nos hacemos una foto   y    nos vamos a dormir antes de  zarpar. Se agradece el detalle de haber cogido camarotes, ya que a la vista de las cubiertas de butacas, la noche no hubiera sido muy agradable, por los asientos sucios y rotos, por el calor y la cantidad de moros que había, quitándose los zapatos y llenándolo todo de un fuerte olor a humanidad. Además, las butacas no parecen ser demasiado cómodas.
 
 
Itinerario:
 
Barcelona- Valencia (Autopista)- Circunvalación de Valencia- Xátiva- Moixent- Elda- Novelda (Autovía) – Aspe- Crevillente (Carretera)- Murcia – Lorca- Huercal Overa – Almería (Autovía). 757 Km. en total.
 
 
 
Jornada segunda (Jueves, 29/03/2001):
 
  Tras haber dormido toda la noche sin problemas (será por el sueño atrasado), ducha, que es complicada porque el barco se mueve bastante. Desayuno en el bar, en donde  está un cabo 1º del ejército que, cuarentón, bajito, rechoncho, sucio, mal afeitado y con cara de sueño y hastío está tomando la última copa de la travesía. Es el vivo retrato de la desidia. Lo bautizamos con el nombre de Arensíbia, conocido sargento de cómic.
  El barco arriba a Melilla y bajamos a la bodega para descargar los coches. El de David ha sido aprisionado por dos furgonetas que, durante la travesía se han movido debido al cabeceo del buque, pero no ha sufrido daños, aparte de una ligera desviación del parachoques delantero. Las furgonetas se han estropeado algo más, pero como ninguno de los conductores se queja, no presentamos ningún tipo de reclamación y desembarcamos sin más.
   Llenamos los depósitos de gasolina (en Melilla es más barata) y nos dirigimos a la frontera, en donde los funcionarios de Marruecos se dedican a ignorarnos después de que hayamos rechazado los servicios de diversos marroquíes que se ofrecían a agilizarnos los trámites por un módico precio.   El funcionario de la ventanilla en que estamos haciendo cola se levanta a cada momento para ir a una puerta trasera y recoger los pasaportes que le llevan los “serviciales” marroquíes  que se ofrecen a acelerar el papeleo y va haciéndose el tonto hasta que quedamos para los últimos, momento que aprovecha para acabar su turno.
  La frontera es un continuo trasiego de gente que va cargando todo tipo de bultos, y hay quien los pasa saltando las tapias, sin que nadie les diga nada. Incluso hay quien hace pasar una nevera vieja. (No hay peor ciego que el que no quiere ver). Mucha gente carga pañales de marca casi desconocida, zumos de frutas o papel de báter en bultos enormes.
  También es notable el peso que llegan a cargar muchas mujeres, algunas ya no jóvenes, que llevan grandes bultos liados a la espalda con un enorme pañuelo. Un marroquí tocado con un sombrero de paja y sin uniforme, armado de un tubo de plástico va organizando a la gente para que guarden la fila a golpes de pito y de tubo. Pega principalmente a las mujeres, mientras que a los hombres sólo les “marca” un poquito.  Las colas se hacen literalmente el uno encima del otro, de modo que en el espacio que hay delante de una ventanilla (cosa de un m2) llegamos a agolparnos unas quince personas, todas empujándonos uno a otro para presentar los pasaportes.
  Tras conseguir los visados entramos a Marruecos a las 10:30 hora española (aquí van dos atrasados, ya que van con la hora del meridiano y no la adelantan para ahorrar energía como los países europeos, así que eran las 8:30 h).
  En general la impresión que saco en el corto trayecto de Melilla  a Nador (13 Km.) es la de un país sucio, viejo, descuidado. Todo está lleno de basura por todas partes. Las cunetas de las carreteras están llenas de bolsas de plástico desechadas (son casi todas de color negro), latas, papeles... Y en la ciudad de Nador es lo mismo.
  El paisaje a simple vista es verde, pero de una vegetación poco variada, con hierba corta y pinos, principalmente.
  Por todas partes se ven hombres sentados, o acuclillados, o hasta tumbados, sin ninguna otra ocupación aparente que la de ver pasar el tiempo o crecer la hierba. Y no se ven nunca mujeres en esa actitud. Esta será una tónica general durante todo el viaje. Las mujeres casi siempre trabajan. Los hombres, pocas veces.
  Los hombres visten en su mayor parte a la europea, mientras las mujeres suelen llevar chilaba y pañuelo en la cabeza, aunque aquí todavía se ve alguna vestida a la europea. Por lo común no suelen llevar la cara tapada.
  Cambiamos moneda en Nador y cada dirham nos sale a 17,4 ptas.
  Después de comprar pan y una tarjeta de teléfono GSM de Marruecos (Meditelecom, creo), salimos de la ciudad para continuar viaje en dirección a Al-Hocceima y al poco nos paramos para almorzar. Lo hacemos algo apartados de la carretera, en un bosquecillo de árboles que se parecen mucho a los eucaliptos, pero los frutos son algo más alargados y la corteza es bastante diferente. Aprovecho la parada para cambiarme de coche, pues tengo ganas de entablar conversación con Jaume y Paco.
  Reanudamos la ruta y tomamos otra carretera en dirección a Taourirt. Aquí comienza a cambiar la vegetación y desaparecen los pinos, dejando paso a campos de trigo bastante ralos, a plantaciones de los pseudoeucaliptus del almuerzo y a hermosos vergeles de naranjos en flor que perfuman delicadamente el aire con su aroma de azahar.
    De vez en cuando se ven pequeños rebaños de ovejas, que nunca pasan de las 50 ó 60 o bien una o dos vacas a las que apacientan atadas a una cuerda sujeta a una estaca hincada en el suelo y bajo la atenta mirada de algún hombre casi ocioso, como tantos que veremos durante todo el viaje. También vemos muchos burros, que, junto a  los carros y a las bicicletas son el principal medio de transporte.
  El mapa Michelin que llevamos comienza aquí a mostrar las inexactitudes que nos acompañarán durante todo el viaje, ya que la carretera por la que circulamos debería desembocar en la carretera de Guercif 28 Km. al E. de Taourirt, según el mapa, pero resulta que vamos a parar 6 Km. más al O. De esa ciudad. Mejor, ya que así acortamos camino.
  Nos llegamos a Guercif, en donde tomamos nuestro primer té con menta, para luego retroceder de nuevo un poco y enfilar la carretera de Outat-Oulad, que es poco más que una pista con el centro asfaltado, de tal modo que cuando coinciden dos vehículos uno ha de salirse al arcén para que pueda pasar el otro. A principio nos apartamos a cada coche que pasa, y en cuanto lo vemos acercarse, pero más tarde le vamos cogiendo confianza  y cada vez esperamos más a apartarnos, hasta que al fin, hartos de ser siempre nosotros los que abandonamos el asfalto, decidimos que a partir de ahora serán los demás los que cedan, así que, cuando se avista el primer coche aguantamos todo lo que podemos y.... Nos bajamos enseguida al arcén cuando el coche que viene de frente nos hace luces. ¡Han vuelto a ganar!. Tras mucho rato del jueguecito vamos aprendiendo, y, al final, son los demás los que han de abandonar el asfalto. El susto es grande cuando descubrimos en pleno adelantamiento por el arcén que este está lleno de grandes agujeros en los que, por suerte, no se nos mete la rueda.
  Ahora sí que la vegetación ha cambiado totalmente y lo único que se ven son enormes extensiones de terreno casi llanas, cubiertas de piedras y una escasa vegetación de hojas duras y pinchos. De vez en cuando algún campo de cereal, pero con pocas espigas. Son las estepas pre-saharianas.
  Constantemente se observan pequeños rebaños de cabras y ovejas. Y hasta vemos un rebaño de 5 ó 6 camellos guardados por un niño (Idriss) y un adulto, que se acercan con la intención de sacar provecho en cuanto paramos para hacerles fotos, así que les damos una camisa, una gorra y un bolígrafo para que nos dejen fotografiar a nuestras anchas.
  Paco se dedica a correr detrás de un camello para hacerse una foto cerca de él.
  En otra ocasión la parada es para fotografiar a una familia que está segando el cereal a la antigua usanza: con hoces y avanzando todos en línea.
  A cada parada que hacemos para descansar o admirar el paisaje aparecen paisanos que se materializan de la nada, siempre con la intención de pedir, por lo general un cigarrillo. Esta será también una tónica general a lo largo de todo el viaje.
  Finalmente llegamos a Outat-Oulad, donde repostamos y continuamos hacia Missour. Aquí hacemos un alto para tomar un té y unas pastas, que son como una especie de hojaldres rellenos con una crema y recubiertas de chocolate. Son eminentemente industriales.
  Nueva parada para fotografiar un pueblo de adobe y su pozo. Hacia el S. se  ven ya las estribaciones del  Alto Atlas y hacia el NO. las montañas del Atlas Medio, que  delimitan el plano valle por el que circulamos.
  La ruta continua hasta Ksabi. Durante este trozo constantemente hemos de abandonar la pista principal para tomar desvíos provisionales en el oued –río- Moulouya (que la carretera va siguiendo a lo largo de su curso desde las montañas del Atlas Medio hasta el Mediterráneo, por el valle que separa las dos cordilleras del Atlas). Parece que les ha dado por arreglar todos los puentes de la carretera al mismo tiempo.
  Durante todo el trayecto desde Nador hemos ido encontrando numerosos controles policiales, en ninguno de los cuales hemos tenido problema. Tan sólo nos miran un poco y nos dejan pasar, la mayoría de las veces sin que lleguemos a parar del todo. A lo largo de toda la semana iremos encontrando controles de este tipo, y por todos pasamos sin dificultad. Algunos de ellos no disponen ni siquiera de medio de locomoción.
  Desembocamos en la carretera de Er Rachidia unos Km. después de Midelt. La ruta ya es ahora de un ancho normal, y va ascendiendo por las montañas del Alto Atlas hasta pasar un puerto para volver a descender, y discurre entre bosques de tuyas (son una especie de sabina) primero y de cedros al ir ganando altura, para llegar finalmente a Rich, en donde buscamos un hotel (Hotel Isli). Después de hablar con el encargado del hotel, éste se va a buscar un “vigilante” para que guarde los coches durante la noche, ya que el hotel no tiene parking, y vuelve con un tipo bajito, barbicano y sin bigote, de bastante edad y vestido con una raída americana de color indefinido, y con una tarjeta de identificación en la solapa. Nos cobra 20 dirhams por toda la noche (eso son unas 350 ptas.), y luego nos vamos a pasear por la ciudad y a buscar un lugar para cenar.
Vamos a parar a un “restaurante típico”, que resulta ser un lugar al que van bastantes turistas, y que es regentado por un hombrecillo delgado y orejudo que lleva un fez (gorro troncocónico) con el emblema de la Nike. Nada más llegar nos enseña un álbum lleno de fotos suyas junto a turistas y un libro de visitas en el que hay escritos de gente de toda Europa ensalzando la comida, lo cual nos abre grandes expectativas.
Cenamos Harira (sopa con fideos y garbanzos) bastante buena y pollo mediocre con ensalada.  Paco y Marcel se beberían una cerveza, así que le preguntamos a “Nike” que si es posible, esboza una sonrisa sardónica bajo el bigotillo y no responde, pero al cabo de un poquito el camarero abandona el local ante nuestra insistencia y después de un rato vuelve con las manos dentro de la chaqueta, en la que lleva dos cervezas, que luego hemos de pagar a precio de oro y que no se toman en el mismo local, sino en la habitación del hotel. Evidentemente, los comentarios que dejamos en el libro de visitas son bastante eclécticos.
  Después de cenar vamos a dar una vuelta por la ciudad y a tomar un té, por el cual también nos “clavan”. Es que debemos tener cara de turistas.
  Es hora de ir a dormir y Luis abre su cama y descubre que está llena de manchitas de sangre seca y bichitos muertos, así que acabamos durmiendo dentro del saco, por higiene.
 
Itinerario:
 
Melilla - Nador- Guercif - Outat-Oulad-El-Haj – Missour – Ksabi – Rich (482 Km.).
 
 
 
 
Jornada tercera (Viernes, 30/03/2001):
 
  Al amanecer nos despiertan unos cánticos: Allàhu akbar, Allàhu akbar... (Alá es el más grande...). Son los gritos del muecín llamando a los fieles a la oración, cosa que hace cinco veces al día. Nuestro madrugador Luis se levanta muy temprano y se va a duchar el primero, para luego volver a la habitación y pasarse bastante rato haciendo un ruido de mil demonios con no sé que cosa, el caso es que nos desvela y ya no hay manera de continuar durmiendo, así que nos vamos también a duchar, para luego bajar a desayunar. Pero es demasiado pronto y aún nos hemos de esperar cosa de media hora hasta que llega el pan. Mientras tanto nos traen una especie de donut que va colgando de un trozo de cordel y que resulta estar hecho de una masa parecida a la de los churros.
  Tras el desayuno, consistente en café con leche, pan y mermelada, cargamos los coches y vamos a comprar el pan, que es como una especie de cocas redondas y chafadas. Compramos también un cordel de donuts y vamos a la gasolinera a llenar los depósitos, pero se acaba la gasolina del poste cuando aún no ha repostado Jaume, así que nos hemos de ir a otra estación de servicio.
  Al poco rato de haber salido de Rich giramos a la derecha para ver el primer pueblo, vadeando el río y observamos una bandada de cigüeñas. Aquí se nos acerca un lugareño que entabla conversación, y, al cabo de un rato empieza a levantarse la chilaba, con el consiguiente mosqueo nuestro, pues parece que nos quiere enseñar... . Pero nos muestra un brazo vendado. Resulta ser que ha tenido un accidente y está de baja.
Más adelante paramos en Ifri, un típico pueblo de adobe de casitas de una sola planta como casi todos los de esta zona de Marruecos, con una no menos típica kashbah (Alcazaba o castillo) también de adobe enclavado en medio de las Gargantas del Ziz, río que sigue la carretera.
  Pasada la ciudad de Er Rachidia, entramos en una zona pedregosa totalmente desprovista de vegetación y que ya forma parte del desierto del Sahara. En un momento dado nos detenemos sorprendidos, pues en medio de una depresión en esa llanura de piedra achicharrada por el sol se ve una verdadera isla de verdor. Es un auténtico oasis, de esos que todos hemos oído hablar, en el que la presencia de agua posibilita la existencia de vegetación y que, aprovechada por la mano del hombre se convierte en un vergel con abundancia de palmeras, huertas, olivos, naranjos, etc. Más adelante la carretera bordea una larga sucesión de oasis, regados por las aguas del río Ziz.
Nueva parada para admirar un qsar (pueblo fortificado), y nada más parar vemos como los niños vienen corriendo hasta los coches, algo a lo que ya nos hemos acostumbrado, por lo usual.
  Como siempre, comienzan a pedir de todo. Y nunca es suficiente un NO, ni tres, ni treinta. Ellos continúan insistiendo. Y ante tanta insistencia Paco se conmueve y a una niña que viene más modosita que las demás le da un chicle y le dice, con el dedo delante de los labios, que no diga nada a los demás niños. La niña se guarda disimuladamente el chicle entre sus ropas y se retira con discreción a saborear la bien merecida golosina. Los demás, que no se han dado cuenta, siguen con la cantinela: “-Donnez-moi un dirham, bonbon, gateaux...”. Así que ahora se nos conmueve el bueno de Luis y comienza a repartir medios chicles, pero los niños no tienen suficiente y siguen acosándolo, así que Luis los pone en fila en una raya trazada en el suelo y se va al maletero del coche, de donde saca una bolsa de pan que sobró de la cena de anoche. En cuanto aparece con algo en la mano, la formación se rompe y los niños se abalanzan sobre Luis, y una niña, la única ataviada a  la usanza del país y también la mayor, le arrebata la bolsa de pan y sale corriendo como alma que lleva el diablo. Luis se queda boquiabierto y bastante mosqueado.
  Aquí la gente ya viste mucho más con chilaba y no se ve ninguna mujer con indumentaria europea. Incluso van tapadas totalmente, aunque suelen llevar la cara descubierta y cubrírsela con el negro pañuelo que les sirve de tocado cuando pasan frente a nosotros.
  Por toda la carretera se ve gente que circula en bicicleta, carro, burro o a pie, siempre todos muy abrigados, pese al calor que hace.
  Entramos en la ciudad de Erfoud, hacia el final del gran oasis que origina el Ziz y allá Jaume para el coche junto a la acera. Casi enseguida vuelve a marcharse. Los que vamos en el otro coche no entendemos muy bien la maniobra, pero le seguimos hasta que se detiene de nuevo, ya en las afueras de la ciudad. Al cabo de un momento llegan dos paisanos montados en una vieja motocicleta Torrot y se bajan. Comienzan con lo de siempre: que si somos de Barcelona, que si catalanes, que si yo he estado en Barcelona, amigo... . Y se ofrecen para hacernos de guía por el desierto. La respuesta es NO, pero perece que, aunque hablan español y algo de catalán, no entienden ninguno de los dos idiomas, porque continúan insistiendo: Que si el desierto es muy peligroso, que si yo lo conozco y te guío... . Nuevamente la respuesta es NO, pero continúan con la matraca: que si te puedes perder, que si es muy fácil desorientarse... . Nuevo NO, añadiendo incluso con sorna que lo que queremos hacer es morir en el desierto, ya que es la meta de nuestras vidas, pero tampoco lo entienden. Finalmente Jaume ya pierde la paciencia (por lo visto nunca ha tenido demasiada) y les contesta con malos modos, se mete en el coche y arranca. De golpe se para y retrocede en marcha atrás hacia los dos aspirantes a guías, casi aplastando la Torrot con la brusquedad de la maniobra. Vemos que los pesados se acercan de nuevo a su coche, para alejarse bruscamente. Y es que, cuando ya nos íbamos, nos han increpado que estábamos en su país y que nos iban a dar por... . Y cuando se han acercado al retroceder Jaume, Paco ha sacado un espray de defensa personal, que ellos han reconocido al instante, por lo que no ha sido necesario utilizarlo.
Salimos de Erfoud Dirección Rissani, nos paramos un poco más adelante y damos media vuelta para volver a Erfoud tras esa maniobra de despiste y así seguimos las indicaciones de un rutómetro que lleva Jaume. El problema es que con toda esta murga se nos olvida repostar en la gasolinera. Y ese será un motivo para que deseemos no haber dejado el jerrican en Barcelona.
 Tomamos una pista alquitranada que sale de Erfoud hacia el SO., al otro lado del río y comenzamos a adentrarnos en el verdadero desierto. Circulamos unos 20 Km. por esa pista, pasando junto a varios lugares en que se anuncia vente de fósiles y en donde grupos de niños vienen corriendo a ofrecernos pequeñas muñecas hechas de materiales reciclados: trozos de tela, cuerdas, papel de estaño... .
  Al llegar a una flecha blanca pintada en el asfalto, nos desviamos a la izquierda por una pista de tierra, que al final abandonamos, pues estamos ya en el desierto, sobre una hamada, enorme llanura cubierta de pequeñas piedras y sin un vestigio de vegetación. Es el verdadero desierto, quemado por el sol, sin un solo punto de referencia, salvo las montañas del horizonte y las dunas del Erg Chebbi, al cual nos dirigimos, y, como no, la inevitable antena de telefonía móvil que se eleva sobre el impresionante paisaje. Es el tributo que se debe pagar en esta era de la comunicación a ultranza.
De vez en cuando, unas balizas hechas con montoncitos de piedras blanqueadas con cal indican la ruta a seguir al que sepa a donde se encaminan esas balizas. Nosotros hacemos caso omiso de ellas  y, guiándonos por la presencia de las dunas en el horizonte, nos dirigimos hacia ellas por donde mejor nos parece. La libertad de circular por estas grandes llanuras, en la que ningún obstáculo impide la marcha es total. La alegría de conducir el coche por donde te parece mejor, lanzado en una emborrachadora carrera es increíble.
En una de las paradas que hacemos para poder filmar las derrapadas en las que llegamos a levantar las dos ruedas de un lado, se nos acerca un marroquí, caballero en una Mobilette, que viene a pedirnos fuego (cosa rara, la cigarrette ya la lleva él). Nos preguntamos qué debía estar haciendo en medio de esta inmensa nada. Es increíble.
A lo lejos y en medio de la llanura se divisa un letrero, de modo que no podemos resistir la tentación de llegarnos hasta él para leerlo. Resulta ser el indicador de un albergue de los muchos que hay en esta zona de las dunas.
  Tras una nueva parada, el coche de David no arranca, y ni tan siquiera se oye el ruido del motor de arranque. Pero el coche tiene batería, así que sacamos una eslinga y lo estiramos con el otro coche, con lo que se pone en marcha sin problemas.
  Siguiendo la dirección de las dunas llegamos a las afueras de Merzouga, pequeña ciudad del desierto. Allí entramos en un albergue (Atlas du Sable),  y conocimos a dos valencianos. Eran una pareja que se dedican a bajar con una furgoneta llena de whisky para luego venderlo en los hoteles marroquíes.
 Atendidos por el políglota bereber Rashid, comemos ensalada de arroz, kalia (carne picada con verduras al estilo bereber), naranjas con canela y -cómo no-, té.
  Después de comer me acerco a un par de dromedarios que tienen atados en el exterior del albergue, así como a unas jaimas (tiendas) bereberes.
  Intentamos arreglar el demarré, y descubrimos que se trata sólo de un cable que se ha soltado, pero después de bastante rato de intentarlo y tras desarmar medio coche no logramos conectarlo, llegando a la conclusión de que hay que desmontar el motor de arranque para poderlo arreglar, así que lo arrancamos con la manivela (maravillosa posibilidad de los Lada) y nos vamos ante la atónita mirada de Rashid.
  Damos con la gasolinera de Merzouga -que no es más que una casa de adobe en la que tienen bidones de combustible- con la intención de repostar, pero, al vernos extranjeros nos intentan cobrar un dirham más por litro, de lo que se da cuenta Jaume, que sabe algo de árabe, y al final nos vamos sin comprar gasolina. Se vuelve a echar de menos el jerrican.
  Abandonamos Merzouga por un bab (puerta monumental) y volvemos de nuevo al desierto.
  Nueva parada para investigar por qué sale humo del motor del coche de Jaume. Resulta que han desmontado la toma de aire para ver cómo se conecta el cable del motor de arranque y hacerlo servir de modelo para arreglar el de David y se han olvidado de ponerla, con lo que el tubo, que es de plástico, se está quemando. Un trozo de cinta aislante y la caja de un carrete de fotos sirven para hacer otra reparación Mac Gyver.
  Nos encaminamos, por fin, a la arena. Nada más llegar a ella Jaume se tira contra una de las dunas con la intención de clavar el coche, cosa que consigue enseguida.
 Bajamos todos y piso por primera vez el Erg (desierto de arena) Chebbi (pequeño), nombre curioso para la zona que contiene las dunas de arena más altas del mundo.
La arena es muy fina, de un suave tono rosado - anaranjado que la luz del sol, ya muy bajo, acentúa. Los juegos de luces y sombras que se  producen son de una gran belleza y la fina arena, desprovista por completo de humedad, se desliza en deliciosos ríos al más leve movimiento que rompe su precaria estabilidad en la parte de sotavento de las dunas. Toda la superficie está llena de serpenteantes ondulaciones producidas por el viento. Aquí y allá se observan pequeñas huellas de ratoncitos o de aves, que se entrecruzan en una misteriosa red de caminos de efímera existencia. La arenase desliza entre los dedos con fluidez, produciendo un suave cosquilleo cuando hundes las mano en el suelo, pero cede apenas bajo el peso del cuerpo al caminar por ella, quedando nítidamente marcadas las huellas de nuestros zapatos. Me embarga la emoción y la alegría por estar realizando algo con lo que toda mi vida había soñado: pisar las arenas del desierto. Todos vagamos un rato por aquí, sin rumbo, sin objetivo, simplemente llenando nuestros sentidos de embriagadoras sensaciones y nuestras cámaras de fotografías.
  Mientras estamos en eso Jaume, viajero más fogueado que ya ha estado en el desierto otras veces entabla conversación con un magrebí llegado de no se sabe dónde en una bicicleta. Finalmente todos volvemos a la realidad y desatascamos el coche con un vigoroso empujón, para continuar por una pista que discurre paralela al erg y que nos aleja de las zonas pobladas. Al cabo de un rato de rodar por esta pista, la abandonamos de nuevo en dirección a la arena para montar la acampada. Para ello debemos atravesar una pequeña duna y luego circular un rato por un terreno terroso más duro por un laberinto de dunas con el fin de encontrar un sitio a salvo de miradas y visitas indiscretas. Al primer intento de paso el coche de Jaume se queda realmente atascado y no se puede sacar ni empujándolo, por lo que hay que tirar de pala y sacar la arena de debajo de la panza para después sacarlo arrastrando con las eslingas. Luego pruebo suerte yo con el coche de David, tomo carrerilla, entro en la duna en segunda y con gas a fondo, y atravieso sin más. Detrás de mí pasa Jaume, también sin problemas.
  Es hora de buscar un camino por el laberinto de dunas hasta que llegamos a un lugar adecuado para montar el campamento al lado de un arbusto grande y solitario.
  El sol está ya declinando y el cielo se tiñe de anaranjado y rojo hacia poniente, en un impresionante ocaso, mientras que hacia oriente el cielo se torna añil y violeta.
  Unos buscan leña, empresa un poco complicada, pues las pocas plantas que hay por aquí son de pequeños tallos, por lo que cortan algunas ramas del arbusto y otros plantamos las tiendas. Ya montado el campamento nos recostamos sobre la rosada duna, disfrutando cada cual a su modo de la arena, quién dibujando en ella con el dedo, quién haciéndola deslizar entre sus manos, quién recostando la cabeza... . Momentos de relajamiento que son interrumpidos bruscamente por una hedionda ventosidad de Marcel, que hace que nos dispersemos en busca de una atmósfera más sana. Cenamos alrededor del fuego y después saboreamos un poco del whisky que Marcel lleva como medicina preventiva –para desinfectares por dentro y tal -.
 Quiero alejarme del grupo en la noche para disfrutar de la soledad del desierto, y me fijo en la posición de la Luna y de Orión para situar el campamento y no perder el rumbo a la hora de regresar. Tras un rato de caminar ya no se oyen las voces de los compañeros ni se distingue la claridad del fuego, así que me siento sobre una duna a contemplar a mi alrededor (y a evacuar mis intestinos en un hoyo hecho a tal efecto),   pero el ambiente es sobrecogedor y me apresuro a regresar.
  La gente empieza a retirarse ya hacia las tiendas, y al final quedamos solo Marcel y yo. Decidimos también irnos a dormir y lo hacemos al aire libre, contemplando el cielo tachonado de estrellas y en el que brilla un cuarto creciente de luna que ilumina el desierto sin que sea necesario usar las linternas para preparar las cosas. En el momento de acostarme mi saco decide rasgarse y comienzan a salir plumas, por lo que se hace necesario levantar a Marcel y que me traiga la cinta aislante del coche, para cerrar el agujero.
 No va a ser esta una noche en la que duerma gran cosa, por la dureza del suelo y el aire que sopla. Pero, sobre todo, la magia del desierto y el cielo, infinitamente estrellado cuando se esconde la Luna, hacen de esta una de las noches de vivac más inolvidables de mi vida. Intento situar la Polar y tengo seria dificultades, porque me cuesta mucho encontrar las pocas constelaciones que conozco entre tantísimas estrellas. De vez en cuando alguna estrella fugaz dibuja una larga línea recta en el firmamento que permanece unos breves instantes.
 
 
Itinerario:
Rich – Er Rachidia – Erfoud – Merzouga – Dunas (Total: 212 Km.).
 
 
Jornada cuarta (Sábado, 31/03/2001)
 
  Y la noche cede paso al día. Poco a poco van desapareciendo las estrellas y comienza a aclararse el cielo en una magnífica alborada. En el horizonte hacia oriente aparece una línea naranja, que finalmente inflama el cielo con tonalidades de un incendio increíble y finalmente, asoma el sol, arrojando sobre el campamento una luz anaranjada que proyecta sobre él nuestras alargadas sombras.
  Desmontamos las tiendas mientras Luis, el mecánico del grupo, intenta de nuevo reparar el coche de David, pero no lo consigue porque le falta una llave. Entretanto ya se ha calentado el agua en la hoguera de ramas y bostas de camello y Paco ha preparado los cafés para el desayuno, bebida por la que todos le felicitamos.
Antes de irnos llenamos seis botellas con la fina y rosada arena de las dunas, recuerdo que todos queremos llevar a casa.
  De nuevo ponemos en marcha el coche de David remolcándolo con la eslinga, y deshacemos el camino a través del laberinto, cruzando la duna final.  Esta vez es David el que se queda encallado, con el motor calado, ya al final de la arena. Jaume pasa sin problemas y nosotros arrancamos con la manivela para volver a la pista por la que vinimos ayer, rehaciendo el camino a la inversa, ya que hemos renunciado a nuestro proyecto inicial de dar la vuelta a todo el Erg Chebbi debido a la falta de combustible. Pasamos otra vez por Merzouga y su gasolinera para continuar en dirección a Erfoud.
  En un momento dado volvemos hacia las dunas y el coche de David se vuelve a quedar encallado en una zona de arena llana. Más adelante le volverá a pasar a Jaume. En ambos casos se soluciona remolcando con la eslinga. Dejamos los coches para dirigirnos hacia  las dunas más altas, a la primera de las cuales subimos andando Marcel, David y yo. Caminar por esta arena recuerda un poco al caminar sobre la nieve dura, porque si procuras poner el peso sobre casi toda la superficie del pie, te hundes menos en la arena. En la parte cortante de la duna la arena está mucho más suelta, y cuesta subir ese pequeño trozo porque se desliza. Desde lo alto el paisaje es impresionante, pues a nuestros pies se extienden las suaves y rosadas ondulaciones de un mar de dunas cuyas crestas zigzaguean suavemente, de través a los vientos dominantes. Un bereber apacienta a dos camellos que vagan a sus anchas entre la escasa hierba que crece por aquí. Lástima que se me acaba el carrete y no puedo hacer ninguna fotografía. Nos sentamos un ratito en lo alto de la duna para disfrutar del espectáculo antes de emprender el regreso, durante el cual Marcel, al que gusta estar en contacto con la tierra, se quita los zapatos y baja descalzo.
  Al llegar a los coches nos encontramos con los demás y con los inevitables paisanos, venidos en bicicleta y uno de ellos lleva incluso una pala, supongo que para ayudarnos a desatascar el coche por módico precio si era necesario. Luis está cambiando fó0siles por toallas, camisetas e incluso, sus zapatos. Yo también me animo y me siento ante uno de ellos con la camisa llena de ropa usada y comienza el regateo. Finalmente cambio un huevo de piedra pulido por dos camisetas y una gorra. Esta vez arrancamos el coche de David a empujones, y, aunque no es necesario, invitamos a los nativos a que nos ayuden, ya que han hecho tan buen negocio.
  Más adelante volvemos hacia las dunas para ver una cadena de pozos que forman parte de una foggara o red de galerías excavadas para captar las aguas subterráneas, en cada trecho de las cuales hay pozos de acceso para poder entrar a desobstruirlas cuando es necesario. Alguno de los compañeros se dedica a trepar a una palmera.
 Ya es hora de emprender el regreso, de vuelta a la hamada y las rápidas carreras por la llanura, aunque vamos sufriendo por la escasez de gasolina en los depósitos (¡ay, el jerrican!).
 Pero llegamos a Erfoud sin problemas y también a la gasolinera, y desde aquí tomamos la carretera en dirección a Rich.
 En un momento dado, giramos a la izquierda y tomamos una pequeña carretera secundaria que nos lleva hacia el oasis que hace dos días nos llamó tanto la atención, atravesando un pequeño pueblo que bulle de vida, aprovechando la fresca sombra de los árboles. Recuerdo especialmente un niño pequeño, de unos dos años, descalzo y vistiendo una descolorida chilabita azul o verde, con dos larguísimas candelas de mocos y la cara llena de moscas que nos mira atentamente plantado de pie delante de una puerta con un arco estilo árabe, pintada de alegres colores, en los que predomina el azul y que no pude fotografiar. Por todas partes se ven  burros acarreando leña, gente sentada a la sombra de las palmeras, tenderos atendiendo a los parroquianos, albañiles amasando y cortando adobes que ponen a secar al sol... . Y la deliciosa escuelita, de paredes de barro y vigas de madera, pequeña habitación de minúscula ventana, con una pizarra pintada en la pared, toda escrita con caracteres árabes, un pequeño pupitre para el maestro y unas cuantas sillas baratas de plástico, que llenan de alegría el estrecho cuarto con su caótica distribución y lo llamativo de sus chillones colores.
  Poco antes de llegar a Er Rachidia haremos un alto en un bar junto a la carretera para tomar un té en la terraza. Cerca hay un aguador, personaje pacientemente sentado ante  un maltrecho, mugriento y remendado cántaro de barro con tapa de madera y grifo, asentado sobre unos trébedes y unos vasos tan sucios como la vasija y que espera que alguien venga a beber su agua al lado del bar donde todos toman Coca-Cola y en el que pagaremos el té al doble de lo que nos cuesta habitualmente. Tener cara de turista es una cruz. Al lado de donde dejamos los coches aparcados hay una piedra que, de tanto ser utilizada como asiento tiene la parte superior pulida como el mármol.
  Llegamos de nuevo a Rich para tomar la carretera que lleva a Outerbate e Imilchil internándose en el Alto Atlas y siguiendo el río Ziz, compañero de viaje desde hace tres días. Es  también una estrecha banda de asfalto en el centro de una pista de tierra que va ascendiendo, atravesando numerosos poblados de adobe.
Luis comienza a encontrarse enfermo del estómago. 
En uno de ellos encontramos tres viejos camiones cargados de ganado en lo alto de los cuales viajan también los pastores, y a los cuales no podremos adelantar durante muy largo trecho, de modo que entretenemos la lentitud de la marcha comiendo cacahuetes y admirando el paisaje, que dicen que se asemeja mucho al del Tíbet. No lo sé. No he estado en el Tíbet. El paisaje montañoso, casi sin árboles, los pueblos de achaparradas casas de adobe, la gente cargando a las espaldas o en caballerías grandes fardos, los prados de corta hierba... . Bien podría ser.
  Dos mujeres caminan por la carretera bajo un cielo plomizo hacia un distante pueblo llevando a la espalda unos enormes y pesadísimos haces de leña, que les hacen andar encorvadas, ayudándose de un corto palo como bastón para acarrear tan gravosa carga.
  Ya casi al final de la etapa se pone a llover, pero lo hará durante poco rato.
  Por fin llegamos a Imilchil, en donde vamos al albergue de Mohamed (“Moja” para los amigos), en el que ya habían estado Jaume, David y Marcel el año pasado. Y cogemos todas las habitaciones (sólo tiene tres), para descubrir que la cama que se les rompió a nuestros compañeros el año pasado sigue exactamente igual de rota, que no hay sábanas más que en una de las habitaciones, y únicamente la de debajo, que una de las habitaciones no tiene mesillas de noche, ni nada más que dos camas, y sus mantas. Ni siquiera la puerta cierra. Pero estamos imbuidos de espíritu aventurero y nos quedamos.
  Tardarán cosa de una hora en hacer la cena, así que nos vamos a dar un paseo por la ciudad. Enseguida  se nos acercan dos o tres lugareños vestidos a la europea que, con la intención de vendernos “chocolate”, nos amargan el paseo con su impertinente insistencia.
  Destacable la alcazaba, con un nido de cigüeñas en una torre, de la que quedan únicamente dos paredes. Es una pena que tan hermosas construcciones sean de tan efímera existencia debido al material con que están hechas (barro y paja), pero, sobre todo, al abandono.
  Cenamos un  Tajine (olla de barro con caperuza cónica utilizada para cocinar y, por extensión, la comida cocinada en ella) con verduras, muy escasa carne y muy abundantes huesos, acompañado de un muy buen vino que nos trajimos de España y rematado –como siempre- por un té. Es la hora de sacar la botella de whisky para desinfectarse un poco. Mohamed se sienta cerca de nosotros mientras cenamos, junto a la estufa que ha hecho encender en nuestro honor y nos explica que sufre de piedras en el riñón y que le duele mucho. Se pone a liarse un porro mientras nos explica –ante nuestro ofrecimiento de un poco de vino- que él ha estudiado nueve años el Corán. Durante la cena va bebiendo agua sin parar y continúa fumando su porro (creo que el Corán lo prohibe) Cuando aparece el licor nos pide sin recatarse, olvidando el veto del alcohol por el Corán y alegando que le va bien para el dolor:
“- Whisky, aspirina bereber. ¡Ah!. ¡Buenoooo!”
Y nos pide otro poquito, de modo que entre los porros y el alcohol se coge un  buen “pedo”. Mas adelante nos explica que se ha casado ocho o nueve veces y que siempre ha acabado repudiando a la esposa. Un buen pájaro este “Moja”. Marcel se mosquea mucho con él porque nos deja casi sin existencias de desinfectante interno.
  Luis no ha cenado nada debido a su dolor de estómago y se contenta con una Coca-Cola y un Almax. Luego pasará la noche del loro, igual que Marcel, que es el que duerme con él. Jaume y Paco también comienzan a tener síntomas de  gastroenteritis y a mí me duele el vientre.
  Los báteres en el mundo islámico son meras letrinas en el suelo, por lo general no hay cisternas y no se utiliza papel, sino que al lado de cada letrina hay un grifo para lavarse las manos y un cubo para el agua, por lo que “realizar la faena” es algo muy complicado para un culito europeo acostumbrado al asiento, al papel, a la cadena, a la escobilla y al lavabo con jabón. Ciertas costumbres cuesta mucho dejarlas de lado, así que al cabo de un rato de estar en el albergue el servicio está totalmente atascado con celulosa e inutilizable, por lo que no puedo aliviar mi malestar. Conociendo la poca afición al agua que tiene esta gente, pensamos que es mejor no decir nada hasta después de la cena. En cuanto acabamos de cenar le comento el tema a nuestro anfitrión, que dirige cuatro voces a uno de sus empleados y el problema es rápidamente solucionado, poniendo además otro cubo para que podamos tirar el papel sin atascar el desagüe. El agua para despedir la faena la hemos de sacar de un bidón, no sin cierto reparo al tocarlo, pues no sabemos si el cubo lo llenan antes o después de defecar. Además, precisamente frente a la letrina hay un ventanuco sin cristal ni montante alguno, a la altura justa para ofrecer un regocijante espectáculo a los transeúntes si orinas de pie o al bajarte los pantalones. Luego hay que aguantarse en cuclillas, con el rollo en una mano y la otra cuidando de que los pantalones no toquen el sucio y mojado suelo de cemento desconchado, vigilando que al hacer puntería no te salpique el nauseabundo líquido del sumidero y procurando no mirar demasiado el cubito del papel. Y a la hora de limpiarse, malabarismos para aguantar con la misma mano el rollo, los pantalones  y el equilibrio. Para quitar las ganas.
  Nos vamos a dormir antes de que corten la electricidad, producida en toda la ciudad por un generador que funciona según un horario, igual que el agua corriente. De nuevo a acostarse en el saco, por higiene otra vez.
  Durante la noche habrá diversas corridas al lavabo por parte de Jaume y Luis.  Es el tributo que hay que pagar en un viaje de este tipo. Y eso que no hemos bebido nada más que líquidos embotellados y té.
 
  Itinerario:
 
  Dunas – Merzouga – Erfoud – Er Rachidia – Rich – Outerbate – Imilchil (340 Km.)
 
 
Jornada quinta (Domingo, 01/04/2001):
 
  Es muy temprano cuando me despierto y como nadie da señales de vida, me pongo a leer en la cama los viajes de Ali-Bey. Al cabo de un rato se comienzan a oír carreras al lavabo y una vomitera. Una vez despierto no soy capaz de aguantar mucho en la cama, así que me levanto y salgo a la calle. Para ello tengo que pasar por el comedor y en él está durmiendo “Moja”, que, por lo visto, nos ha cedido su habitación para dormir, en casi obligado por la “hospitalidad bereber”. Pagando, claro.
  Salgo a la ciudad con la intención de llegar a la ruinosa alcazaba a ver si puedo subir hasta una de las torres para fotografiar desde ella el nido de cigüeñas que hay en la más derruida, pero es imposible, ya que no quedan restos de escaleras, y además parece que los muros se vayan a caer en cualquier momento, así que vuelvo para dentro. Mohamed se dispone a poner en marcha la ducha, accionando no sé que grifos que conectan un depósito situado en la azotea del albergue con un antediluviano calentador de butano, pero el invento no funciona y hemos de esperar a que sea la hora en que ponen en marcha el sistema de agua corriente.
  La ducha no es muy diferente del báter. El suelo de cemento, el ventanuco justo a la altura de las caderas, tapado con un periódico empotrado en la abertura, para que no se note el frío de la mañana. Una destartalada, mojada y casi podrida percha de madera permite apenas colgar la toalla. Para acceder a ella hay que salir al exterior de la casa  por el dintel de una puerta que no tiene hoja, cruzar un lúgubre y sucio cuartucho y cerrar una miserable puerta de tablones. El agua sale por una alcachofa del tamaño de un plato, pero en un hilo casi minúsculo. Eso sí: quema.
  El desayuno también tarda. Hay que aguardar a que llegue el pan. Consiste en una especie de crepes, mantequilla, mermelada y café con leche. Lo tomo con cierto reparo, pensando que será leche de las cabras que tanto abundan por aquí y que no la habrán hervido. Pero lo que no mata engorda, y lo encuentro delicioso.
  Tras pagar una cuenta harto inflada en relación con la calidad de los servicios obtenidos, decidimos que haremos una infernal propaganda de su establecimiento, llevados también por el resquemor del “palo” sufrido por nuestra provisión de whisky.
  Vamos luego a comprar el pan y botellas de agua, mientras somos de nuevo asediado por los muslimes, suplicando por un cigarrillo (debe ser que el Corán prohibe comprar tabaco).
  De nuevo nos ponemos en marcha y hemos de ir hasta la a otro pueblo cercano a comprar gasolina, que más vale ir sobrado porque hoy nos espera el tramo más difícil de todo el viaje, con las difíciles pistas de circo de Jaffar, cuyas historias para no dormir hemos leído en varias páginas de Internet. Debemos pagarla a 2 dirhams y medio más cara y nos la sirven de bidones. Compramos 20 litros (justo la capacidad del jerrican que dejamos en casa).
  Nos rodea una multitud de críos, casi todos niñas muchas de las cuales cargan a la espalda a sus hermanitos, pese a no tener más de ocho o diez años, que se pagan a los coches y a nosotros al son del ya familiar “Donnez-moi...” mientras nos enseñas las palmas de sus manitas, pintadas de alheña (que ellos llaman henna).
  Retrocedemos ligeramente hasta la pista que lleva a Taguodit y al temible Circo de Jaffar. La ruta discurre por un valle entre elevadas cadenas de montañas de suaves formas, pasando por un elevado collado para luego volver a descender a otro valle similar al anterior. En el valle hay numerosos campos de cereal, huertos y algún árbol aislado, y por todas partes se ven bereberes cultivando la tierra, ataviados con chilabas y la capucha puesta. Las mujeres, sentadas en el suelo, siegan la corta hierba con minúsculas hoces. Y todo el mundo saluda cuando pasamos. Los niños van casi siempre descalzos y tan pronto ven los coches, arrancan a correr hacia nosotros, haciéndonos señas para que paremos y entonando el  “Donnez-moi...” que ahora comienza a sonar algo diferente:
“- Donnez-moi un bonbon, un stylo, un tricot, des souliers, une veste...”.
  Se nos ha dicho que en esta zona los niños tiran piedras a los coches si estos no paran, así que el susto es grande cuando vemos a toda una patrulla de mocosos que llevan hondas y vemos que Jaume para el coche. Pero resulta ser que lo que quiere es hacerse con una de las hondas, así que le da un anorak a uno de los niños a cambio del arma, por lo que de entrada la pone a un alto precio y yo no puedo conseguir ninguna. Más adelante, los chiquillos llegarán a barrer el suelo con las manos delante de nuestros vehículos con tal de conseguir que les demos alguna cosa, a correr al lado de ellos como gamos, pese a sus pies descalzos, o incluso a colgarse de la carrocería.
  Conforme vamos adentrándonos en la montaña, la vegetación va siendo más escasa, desapareciendo los árboles para dejar paso a un prado alpino escasamente poblado, en el que pastan por doquier pequeños rebaños de ovejas y cabras, atendidos siempre por dos pastores. Aquí utilizan una raza típica de perros (el pastor del atlas) para ayudarse a guardar el rebaño.
  Por todas partes se ven mujeres que portan enormes cargas, a veces más grandes que ellas, de matas leñosas que arrancan en la montaña con un azadón y que luego lavan en el río para quitar la tierra de las raíces. Suponemos que las utilizan como combustible, ya que aquí arriba no hay ni un árbol. La vida en esta zona debe ser muy dura, pues está nevada durante la mayor parte del invierno (de noviembre a marzo), y no se dispone de más combustible que la leña para calentarse y cocinar. Entiendo que pidan jerseys y chaquetas.
  Más abajo comienzan a aparecer tuyas, que siempre tienen las ramas inferiores cortadas, quedando únicamente un escaso plumero de follaje en lo más alto del árbol. Pasamos junto a numerosos burros o mulos cargados de haces de leña.
  Finalmente llegamos a los bosques de cedros, y aquí hacemos un alto para comer. Paco, Jaume y Luis están todavía mal del vientre y no comen. David tampoco lo hace porque está muy cansado y se siente enfermo, así que conduciré yo el coche.
  Hasta el momento la pista estaba en bastante buenas condiciones, exceptuando algún trozo con bastante inclinación lateral, pero a partir de aquí la cosa se complica y el camino cruza varias veces el río, desapareciendo en ocasiones, por lo que hay que buscarlo por el cauce. Es divertido al principio, pero después de mucho rato estamos ya cansados y nos gustaría encontrar el camino en mejores condiciones.
  Nos cruzamos varias veces con lo que yo llamé “autobuses del atlas”, viejos camiones Bedford con las cajas repletas de gente viajando de pie y con multitud de variopintas bolsas colgando en el exterior. Debido a la estrechez de la pista nos tenemos que apartar  cada vez que encontramos uno de esos vehículos, casi siempre de cabina roja e, indefectiblemente, con la letra “M” pintada en la parte posterior de la caja.
  Pero no hay mal que cien años dure y llegamos por fin a Tagoudit, por un sitio algo inesperado según el mapa, y desde aquí la pista está asfaltada. Siguiéndola llegamos a una encrucijada en la que, tras deliberar un buen rato y después de darle una chaqueta a una pastorcilla monísima y una gorra al que suponemos su hermano, decidimos dirigirnos a Tounfite para llenar los apurados depósitos.
  En esta ciudad es día de mercado y hay gran cantidad de burros en un campo de las afueras, atados a picas clavadas en el suelo o bien con manillas. La ciudad es un hervidero de gente, con un sinnúmero de paradas en las que se exponen los más variados objetos, muchos de ellos de segunda mano o hechos con materiales reciclados, como los baldes en los que se lava la ropa, fabricados artesanalmente a partir de bidones metálicos.
  Deshacemos el camino hasta llegar de nuevo a la encrucijada y seguimos el indicador de Midelt. Esta pista es bastante buena y David circula por ella a buena velocidad, por lo que vamos dejando atrás todo el rato al coche de Jaume y tenemos que ir parando a esperarle. Para poder pasar, varias veces hemos de interrumpir partidos de fútbol que se desarrollan justo en medio de la pista, a falta de un campo mejor.
  Por esta zona abundan los árboles principalmente encinas de corta talla y que están pelados hasta cosa de un metro y medio de altura, debido al aprovechamiento de sus hojas por parte de las cabras.
  Llegamos a un cruce en el que los indicadores de la ciudad de Midelt hacen que nos equivoquemos de camino. Paramos ante una casita y enseguida vienen hacia nosotros dos niños, a los que preguntamos sobre el camino de Jaffar. Nos indican que nos hemos equivocado y que, allá en el desvío, deberíamos haber tomado la otra pista. Aprovecha también para pedirnos unos zapatos, enseñándonos sus pies desnudos.  Al bajar del coche para decirles a los demás veo que coge unos zapatos que había dejado caer en el suelo y los esconde más allá. Comento a los demás el gesto y pensamos en darle una lección, así que mientras yo distraigo a los niños, paco coge los zapatos y los mete en el maletero. Entonces le decimos al niño que le vamos a dar unos zapatos y abrimos el portaequipajes, rebuscando solemnemente ante la cara de expectación del chaval. Sacamos sus zapatos y se los mostramos con la suela hacia arriba. Le cambia la cara y la expectación se torna júbilo, para pasar a una pequeña decepción cuando se da cuenta de que son iguales que los que llevaba, - una especie de zapatillas de goma atadas con cordones y con la suela como unas botas de fútbol – para pasar a la decepción total y al estupor cuando se da cuenta de que esos zapatos... ¡son los suyos! .   Pero se lo toma bien cuando oye la risa de su compañero y también él rompe a reír a carcajadas.   Al final le damos una bolsa con un par de camisetas, una gorra y una camisa, y se va corriendo, feliz.
  Regresamos hasta el cruce y cogemos la otra pista. Dado lo avanzado de la hora, el sol ya está en el horizonte, ocultándose tras la cima de una montaña, por lo que comenzamos a buscar un lugar de acampada, que al final encontraremos en un alto, justo bajo una impresionante cima medio cubierta de nieve, que debe ser el Jebel Ayachi (3737 m.). No es el lugar ideal para montar una acampada. El suelo es un pedregal que limpiamos con cuidado justo en el espacio que ocuparán las tiendas, que cuestan de montar, ya que es casi imposible clavar las piquetas. Sopla un viento bastante fuerte y frío, por lo que ponemos los coches a ambos lados de las tiendas, para que hagan de parapeto. Hacemos un círculo de piedras y encendemos en él un fuego con la leña que encontramos cortada por doquier, y que debe estar esperando a secarse para ser recogida. Marcel trae un gran tronco de cedro que apenas puede cargar, pero al final no lo utilizaremos por ser demasiado grande.
Cenamos al calor de la hoguera y la gente se va a dormir pronto, quedándonos Paco, Luis y yo un rato más, disfrutando de la tibieza del fuego en la fresca noche. A eso de las doce oímos música y pensamos que Jaume ha encendido la radio del coche, y, cuál no será nuestra sorpresa cuando aparecen tres marroquíes que cargan un radiocassete y llevan la música a todo volumen. Música bereber, dicen. Nos piden tabaco (¿acaso lo dudabais?). No les podemos dar (a estas alturas, las provisiones de los fumadores se encuentran en serio apuro, llegando Paco a fumar tabaco del país), pero les ofrecemos  agua y chocolate. Se sientan un ratito con nosotros al amor de la lumbre y nos explican que vienen desde Tounfite, ya que hoy era mercado, que viven ahí mismo y que si queremos ir a dormir a su casa, pero rechazamos su oferta. Es sorprendente lo que han caminado: la ciudad está a unos 40 km.
   Cuando nos vamos a dormir no es fácil conciliar el sueño, pues la dureza del suelo acaba baldándonos el cuerpo, pese a haber distribuido mucha ropa como colchón.
 
 
Itinerario:
 
Imilchil - Anefgou – Tagoudit – Tounfite – Tizi-n-Zou – Mitkane – campamento (181 Km., casi todo pista)
 
 
 
 Jornada sexta (Lunes, 2/4/2001)
 
 
  La mala noche que hemos pasado hace que nos levantemos muy pronto y que rápidamente desayunemos y desmontemos la acampada. Aparecen unos niños que vienen a ver qué les damos, suponemos que deben ser de la casa que hay cerca, aunque no la hemos visto.
  Comenzamos la ruta, que discurre entre bosques de cedros y pronto comienza a haber inclinación lateral, aunque moderada. Llegamos a un lugar en el que la pista que seguimos se ve muy maltrecha debido a corrimientos de tierras desde la falda de la montaña, y hay unas roderas que atacan de frente una fuerte pendiente, así que subimos por ella.
  Pero preguntamos a una chica que vino a pedirnos algo y nos dice que por allí se va a Midelt, y que a Jaffar es por otro camino, abajo en el valle, así que volvemos a bajar la fuerte pendiente y seguimos el camino indicado, pasando por una aldea que supongo que será la de Jaffar. Allí un hombre nos da un duro de los antiguos y una moneda de veinticinco pesetas, pidiéndonos si se la podemos cambiar. Le damos 5 dirhams (unas 85 ptas.)
  El camino continúa por el fondo de una hermosa garganta de paredes rojizas, que según David se parece a las del Todra, pero de paredes más bajas. El paisaje es impresionante y durante un rato vamos caminando todos, excepto los conductores.
  Después de esta garganta viene uno o dos cambios de valle en uno de los cuales hay una esbelta aguja de roca de unos 30 m. que tiene incluso un agujero casi en la cima, y luego un larguísimo altiplano (¿Plateau de l’Aride?), cubierto de campos de cereal y grandes extensiones de matojos.
  Jaume se para ante el único hombre que vemos en este altiplano y lo sube en su coche. Resulta ser un Imam (persona que dirige el rezo en las mezquitas). Pasaremos por una ciudad (¿Âit-Orrhi?) e iremos a parar a la carretera de Azrou, al N. de Midelt.
Posiblemente no hemos llegado a pasar por la pista del Circo de Jaffar, ya que debía ser la que la chica nos dijo que iba a Midelt, y que se veía en muy malas condiciones. Lástima, porque este era el gran objetivo del viaje. Queda como excusa para volver.
  La carretera nos lleva hasta Timahdite, donde cargamos gasolina y tomamos un refresco y de aquí vamos a los bosques de cedros, ya cerca de Azrou, en donde comemos y luego nos estiramos en unos momentos de plácido relax.
  Después de comer vamos hacia el cedro Gouraud, que no es mas que un cedro muy grande y muy turístico, situado en una especie de plaza a todo alrededor de la cual hay una serie de puestos de venta de fósiles y recuerdos para turistas.
  Aquí nos dedicamos a cambiar la ropa sucia por piedras y recuerdos y yo consigo una geoda y un cuarzo amatista preciosas. Traigo además varios fósiles, trilobites principalmente y minerales (baritina, fluorita, un cristal de cuarzo...) y otros recuerdos: el ajedrez de piedra, la espada, con vaina de piedras, una reproducción de un Tajine en alabastro, una máscara, también de alabastro, etc. Es Luis el que más compra y cambia, mientras Jaume, resignado, se espera junto al coche y Marcel bajo el cedro Gouraud.
  Mientras estamos haciendo compras y cambalaches se acercan los monos del Atlas, llegando incluso a atreverse a venir a coger el pan de mis manos, pero son desconfiados en extremo y lo agarran de un manotazo para luego alejarse rápidamente a comerlo a una segura distancia.
  Finalizada la dura tarea del regateo, en la que todos salimos ganando, principalmente los comerciantes, pues suponemos que venderán la ropa en los zocos, nos vamos de allí hacia los bosques y paramos a intentar filmar y fotografiar una bandada de monos menos “domesticados” que los de antes, pero se escabullen rápidamente y no hay manera de hacer una sola foto.
  Visitamos un lago cercano, junto al cual pasta un rebaño de ovejas y encuentro una curiosa herradura en forma de A, que supongo debe ser una herradura ortopédica para un burro.
  Llegamos a Azrou, donde nos encaminamos al “Hôtel des Cèdres”. Al entrar en el hotel vemos que en la recepción, un moro de rasgos negroides y otro de frente altísima y curiosamente abombada están inhalando un polvillo marrón. Nos ofrecen, diciendo que es tabaco, y Paco y Jaume se atreven a probarlo, aunque en menguada cantidad. Es de ver le cara que ponen tras la experiencia, que les despeja la nariz y les provoca una buena serie de estornudos. El de la frente ríe con ganas.
  Hemos cogido dos habitaciones, una muy grande con una cama de matrimonio y una normal y otra pequeña, con una cama doble y en la que pondrán un colchón en el suelo, pero como este última es pequeñísima, pedimos que lo entren en la grande.
  Una vez dejados los trastos en las habitaciones nos encaminamos a la ciudad, sentándonos a tomar un té en una terraza situada en una calle en la que circula bastante gente. Un nativo nos da una moneda de 500 ptas. Y nos pide que se la cambiemos por dirhams.
  Tras acabar el refrigerio vamos a pasear por la ciudad y entramos en una tienda en la que encontramos postales y varios recuerdos, yendo a curiosear por una trastienda en la que Abdul – El comerciante, que es también medio anticuario, o más bien chamarilero- nos enseña diversos objetos antiguos o viejos, además de mucho nuevos. Total, que salimos de allí cargados de cosas, entre ellas yo traigo un fuelle muy usado y ajado que he obtenido por cuatro duros. Lástima no haber podido comprar la magnífica espada antigua que nos mostró, pero valía lo que otro viaje a África, y Abdul no era de esos con los que se puede regatear.
  Vamos a dejar nuestras adquisiciones al hotel y regresamos a la ciudad; reencontramos a Marcel, quien, necesitado urgentemente de un lavabo, ha tenido que ir al hotel y nos internamos en la Medina (o ciudad antigua) y su mercado, en el que Jaume compra azafrán y henna.
  Los restaurantes exhiben en una vitrina, supuestamente refrigerada, los manjares que ofrecen al público, así que entramos en uno cuyo aparador nos parece apetitoso y cenamos harira todos, ensalada y pinchos o tortillas, que hacen y sirven en tajines.
  Tras la ritual desinfección interna a base de whisky (ya queda poquito, gracias al Moja) es la hora de ir a dormir y Marcel tiene dos noticias que darnos: La mala es que la cama está llena de bichos, y la buena es que están muertos y, sin más ceremonia, se mete entre las sábanas. Yo le imito si tan siquiera mirarlas. Ojos que no ven... . Y Luis, que duerme conmigo en la cama de matrimonio, hace lo mismo. David ya hace rato que se ha acostado.
 
 
Itinerario:
 
  Campamento – Jaffar – Âit-Orrhar – Timahdite – Cedro Gouraud – lago – Azrou (175 Km.)
 
 
 
Jornada séptima (Martes, 3/04/2001)
 
  Nos despertamos a buena hora y vamos a la ducha, que debemos pagar aparte de la habitación, pues no va incluida en el precio. Es un gran cuarto de baño con una enorme bañera de hierro, cuyo esmalte esté ya muy gastado, unas mugrientas cortinas y una viejísima grifería con la que es casi imposible regular la temperatura o el caudal del agua. Este baño, como todo el hotel, debió ser construido durante el protectorado francés de Marruecos, a principios del siglo XX.
  Típico desayuno con café con leche y mermelada, pero ahora podemos saborear unos croissants, que saben a gloria, y pan de barra, exquisito manjar cuando llevas tantos días de ese pan redondo y apretado.
  Nos separamos y Marcel y yo no vamos a dar un paseo por la ciudad para intentar comprar sellos en la Poste, pero desistimos por la cola que hay e intentamos adquirirlos en otra parte, pero parece ser que nada más se venden en la Poste, así que finalmente nos vamos hacia el zoco, evitando en lo posible los innumerables “amigos” que nos salen por todas partes y que siempre tienen algún fin interesado.
  Pasamos por el cementerio, que es un solar sin ningún tipo de valla, casi en medio de la ciudad, en el que se da sepultura a los muertos directamente en la tierra, se les cubre con ella, haciendo una pequeña y alargada montañita y se coloca una lápida en la cabecera de la tumba. En otros pueblos que hemos visto ni siquiera se ponía la lápida, sino una simple piedra más o menos plana. Parece que aquí no les preocupa tanto la muerte como en Europa.
  Veo un burro pequeño y feo, atado a un palo de teléfonos con una cuerda que le va desde la cabezada al poste, de éste a unas manillas que le traban ambas manos, llenándoselas de peladuras, y de las manillas al poste otra vez, con lo que el pobre animal no puede dar un paso. Me entretengo un poco en hacer una fotografía, y, avisado por un taxista que estaba allí parado, llega el amo del burro. Es un moro de tez muy oscura, barba muy cerrada y negra, dientes grandes, descolocados y amarillentos, y unos ojos vidriosos y que miran con maldad. Algo más bajo que yo, pero bastante más ancho. Comienza a gritar en francés que qué estoy haciendo, que si he hecho una foto sin permiso, que si el burro es suyo... . Yo le digo que no, que no he fotografiado al animal y que lo único que hacía era mirar por la cámara, pero que como la luz no era buena, no he disparado. Continúa gritando y comienza a congregarse gente a nuestro alrededor. Que si no se puede hacer una foto sin permiso, que si estoy loco... . Esto me mosquea bastante, porque al moromierda no le importa en absoluto el burro, sino la pasta que me puede sacar por la foto, así que, ya enfadado le digo con dureza que no, que no estoy loco, que no he tirado la foto y me voy apartando poco a poco del corrillo, seguido por Marcel, mientras considero la posibilidad de aflojar alguna moneda para zanjar el incidente, pero ante los continuos exabruptos del muslime decido no dar mi brazo a torcer a poco que pueda, así que reitero mi afirmación de que la luz no era buena y no he hecho la foto y comienzo a caminar. El agareno se baja del burro y deja correr el asunto. Así que podemos irnos sin más, pero me tiembla el pulso y estoy todo sudado debido a la tensión. Por suerte no el percance no ha ido más lejos.
  En la misma calle nos encontramos con el resto del grupo y ya vamos hacia los coches para continuar el viaje, pues hoy será una larga etapa.
  No vemos envueltos en un atasco de circulación en el interior de la ciudad y tenemos la ocasión de ver como cargan el butano. Hay un camión parado a un lado de la calle y, desde el otro lado, un hombre va lanzando las bombonas por encima de los coches hacia lo alto del camión, donde las recibe y coloca otra persona. La cosa se lleva a cabo con una rapidez y una precisión encomiables, con una cadencia maravillosa. Mientras una botella está volando por los aires, el butanero del camión está colocando la que recibió inmediatamente antes y el lanzador está cogiendo la siguiente. Cuando ha colocado la bombona en su sitio, rápidamente atrapa al vuelo la otra y la coloca en su lugar mientras el de la calle, con un estudiado movimiento de balanceo, envía la próxima botella por los aires con una sola mano, mientras que con la otra se apresta a coger la siguiente de un montón que hay frente a él. Es un maravilloso espectáculo, aunque los del coche que sobrevuelan las bombonas no deben pensar lo mismo.
  Salimos de Azrou en dirección a Meknes, parando al poco rato en un lugar pintoresco donde se divisa una hermosa vista de un fértil valle, y en el que hay unos puestos de venta de recuerdos, fósiles y minerales, principalmente. Así que, con la ropa que nos queda, nos dedicamos a negociar los últimos recuerdos del viaje. Aquí hasta incluso permiten pagar con pesetas.
  Poco después, pasado Meknes, paramos a comer en un lugar junto a un río, y unos huertos de naranjos en el que ya pararon durante el viaje del año pasado. Aquí cojo yo el coche, que empuja Marcel para arrancarlo, pero el motor se cala dos o tres veces y Marcel se acaba enfadando seriamente. Lo siento, Marcel, no te enfades, hombre, que era sin querer.
  Continuamos el viaje hacia Ouazzane y Chefchaouen, en las que no entramos, para, desde aquí, continuar hacia Tetuán. Durante este trecho Jaume, que va delante, para en un lugar,  y al ver que se vienen hacia nosotros varios marroquíes, se vuelve a ir. Al cabo de un ratito nos adelanta un viejo coche azul y comienza a pitar. Finalmente adelanta también a Jaume y éste se para en el arcén, se bajan dos hombres y e ponen a hablar con Jaume. Yo pensaba que lo que querían era vendernos “chocolate”, pues estamos ya en la zona del Rift, en la que está muy extendido el cultivo del Cannabis, pero resulta que es un conocido de Jaume.
  Esta zona del Rift, cercana a la costa del mediterráneo y separada de él por una cadena montañosa que recibe el mismo nombre es la zona más fértil de Marruecos, con una importante producción de cereales y frutales.
  Hacemos otra parada en un puesto de cerámica, pero ninguno nos animamos a comprar nada y continuamos por una carretera llena de curvas y a marcha lenta detrás de un autobús y unos camiones. Los Lada no tiran suficiente para adelantar.
  Tras un buen rato de esta marcha lenta atravesamos un puerto y a nuestros pies vemos Tetuán. Entramos en la ciudad y nos dirigimos hacia el centro para buscar un hotel. Vamos a parar a una plaza céntrica y allí cogemos dos habitaciones en un hotelucho de mala muerte (Hotel Riojana), pero que al menos está limpio. De hecho, será la letrina más limpia de cuantas hemos visto a lo largo de este viaje. El portal del hotel, y de hecho, todo el edificio, ofrece el aspecto de algunas de las casas del Ensanche de Barcelona o del barrio de Gracia, con un estrecho portal en el que se abre casi inmediatamente la vieja escalera. Dejamos los coches en un parking cercano en el que hemos de aguantar otra vez el acoso de los vendedores de hachís, hasta que conseguimos zafarnos de ellos e ir hasta el hotel. El hotelero es un borde y no habla español, y muy poco francés, o, creo yo, lo hace ver (por la noche Marcel le oirá saludarse en español con otro mahometano). En el momento que entramos en el hotel nos pide los pasaportes y se los guarda. Dejamos los trastos y  nos aseamos un poco. Salimos del hotel para ir a visitar la medina, y al pedirle los pasaportes no nos los devuelve sin antes llenar los papeles del registro, y pagar las habitaciones, y aún así, lo hace a regañadientes. Cada vez  que entramos al hotel nos pide los pasaportes, y cada vez que queremos salir se los hemos de reclamar.
  Tetuán es una ciudad encuentro de dos culturas, tras muchos años de protectorado español. Aquí predomina la indumentaria europea, incluso en las mujeres. Las hay que hasta van maquilladas y con el pelo teñido.
  La plaza en la que está el hotel es un continuo circular de gente, que emboca una calle peatonal adyacente que está llena de grandes tiendas de aspecto muy europeo. Hay una librería en la que entramos a comprar unos libros que le ha encargado a Jaume su profesor de árabe y en la que todos los dependientes hablan castellano. No en vano la librería se llama Alcaraz. La calle desemboca en una plaza atestada de gente y vendedores ambulantes, que exhiben sus mercancías sobre un pañuelo mientras las pregonan a voz en cuello, avizorando hacia todos lados, prestos a recoger sus enseres de una revolada en cuanto atisban un uniforme. Exactamente igual que en la calle Pelayo de Barcelona. Una gran parte de la enorme plaza está acotada por unas vallas de obra, que aíslan un palacio, que suponemos debe tener algo que ver con la monarquía que gobierna Marruecos.
Un enorme negro de piel muy oscura, casi dos metros de altura, anchísimas espaldas, enormes brazos y vestido de blanco, lo que le da un aspecto todavía más imponente, parece estar de centinela cerca de un discreto bab por donde entramos en la medina.
  Aquí se respira el verdadero ambiente de este país. Auténtico dédalo de callejas estrechas, atiborradas de tiendas minúsculas, con muchas de las mercancías expuestas directamente en la calle y una marea de gente, en un incesante ir y venir. Hay gran   número de sastrerías en las que confeccionan chilabas y donde a menudo se ven tres o cuatro personas en el minúsculo espacio del establecimiento. Las tiendas se mezclan casi sin orden, pero parece haber zonas en donde predominan ciertas mercancías sobre las otras, así, vemos un barrio de verdulerías, otro de carnicerías con sus viandas expuestas sobre los mostradores, llenas de moscas; una zona de queserías, con unos requesones de apetitoso aspecto, las pescaderías, algunas con unos peces de muy escasa frescura y el suelo de esta zona resbaladizo por la mezcla de aguas del pescado... . Hay unas curiosas jaulas de oropel, con adornos en forma de hojas y que nos dicen que son para pasear a la novia sobre unas angarillas cuando hay una boda.
  En nuestro deambular al azar nos perdemos en la medina y unos niños comienzan a reírse de nosotros. Yo creo que haciendo apuestas sobre cuánto tiempo tardaremos en salir de allí. Tras varios intentos infructuosos por callejones estrechos en los que casi no podemos caminar de lado dos personas y que resultan no tener salida, volvemos sobre nuestros pasos entre las risas de los niños y las miradas hoscas de los adultos, lo que nos hace considerar la posibilidad de que tengamos que abrirnos paso a bofetadas, en cuyo caso lo tendríamos muy mal. Ya contaba Jaume que en tiempos de la guerra de Marruecos, a finales del siglo XIX, los españoles que se aventuraban en las medinas no solían salir, pese a que fueran en grupos numerosos, pues se perdían en las inextricables redes de callejones, y eran degollados. Por suerte, ese no fue nuestro caso y salimos sin problemas.
  Tras la estimulante visita a la medina nos vamos a un restaurante que Marcel había visto y le había parecido bueno, acertando de pleno. Cenamos, al fin, cous-cous, el plato más típico de Marruecos y ¡cerveza!, esta vez sin tejemanejes raros por parte de los camareros y sin precios excesivos. No puede faltar un té para rematar la cena.
  Unas llamadas por teléfono y nos vamos al hotel, donde nos desinfectamos por dentro con los últimos restos de whisky, mientras vemos por la ventana que un adolescente, casi un niño, que estaba oliendo pegamento en el portal del hotel cruza la plaza trastabillando hasta acceder al centro de la misma, en donde se tumba en el suelo, al amparo de una palmera a dormir.
  Hoy las habitaciones también son de dos camas, una de ellas de matrimonio, con lo que me toca dormir con Marcel.
 
 
Itinerario:
 
Azrou – Meknes – Moulay-Idriss – Ouazzane – Chefchaouen – Tetuán (340 Km.)
 
 
 
 
 
Jornada octava (miércoles, 04/04/2001)
 
  La jornada de hoy será larga. Nos despertamos muy pronto y recogemos nuestras cosas. No nos ducharemos, pues la ducha se paga aparte y no nos quedan ya muchos dirhams, además, no le queremos dar negocio al hotelero, al que sí despertamos con bastante ruido para que nos entregue los pasaportes. Los saca de debajo de la almohada, todos arrugados. Una vez nos los ha dado, tenemos que obligarle a que nos abra la puerta, que permanece cerrada con llave para poder abandonar el hotel.
  Bajamos a la calle y nos metemos en la cafetería que hay justo debajo del hotel, en donde desayunamos hasha, una especie de tortas muy prietas de una masa hecha de harina gruesa, que comemos calientes y untadas de mermelada, y un café con leche.  El cafetero es un señor muy simpático al que todos vamos dando las gracias conforme nos va sirviendo, y lo hacemos cada uno en un idioma: Gracias (Jaume), merci (Paco), saha (David), shucran (Gonzalo), thank-you (Luis) y gràcies (Marcel).
  Cargamos los coches y miramos debajo de ellos por si nos han colocado algún fardo de hachís para que lo pasemos por la frontera, pero no encontramos ninguno.
  El corto trayecto hasta Ceuta discurre por la costa del Mediterráneo, llena de casitas de veraneo construidas muy al estilo europeo.
  El paso de la frontera de Ceuta es muy similar al de Melilla, con grandes cantidades de gente que carga enormes bultos, algunos mal disimulados bajo enormes pañolones liados a la espalda. Muchas mujeres van tocadas con unos llamativos gorros cónicos de paja adornados con gruesas trenzas de lana de colores. Se repiten escenas de las que ya habíamos visto en Melilla: Grandes colas ordenadas a golpes de porra por un policía, gente pasando de tapadillo por lo alto de un cerro, etc. . También pasamos bastante rato haciendo los trámites burocráticos, pero lo conseguimos bastante más rápido que en Melilla.
  Finalmente entramos en Ceuta y nos dirigimos al puerto. Allí esperaremos largo rato a Marcel y Paco, que han ido hasta el estanco a comprar sellos de correos para enviar las postales que compramos en Azrou, pero resulta que tampoco los encuentran y se van al bar a tomar un carajillo, mientras los demás les esperamos. Cuando al fin llegan, vamos a comprar los billetes para el ferry que cruza el Estrecho de Gibraltar hasta Algeciras, luego llenamos los depósitos de los Lada en la gasolinera (en Ceuta también es más barata), y nos colocamos en la cola para entrar en el barco, un rapidísimo transbordador de doble casco que realiza la travesía del estrecho en unos cuarenta y cinco minutos. Dejamos el coche en la sentina y ascendemos hasta la cubierta superior, en donde nos instalamos. Al poco zarpamos de África a gran velocidad, tanta que la inseparable gorra de Luis es arrancada de su cabeza por el fuerte viento y sale volando hasta la cubierta de popa, en donde queda yendo de un sitio a otro empujada por el viento, a punto de abandonar el barco hasta que Marcel la pesca con una escoba.
  Enseguida avistamos el peñón de Gibraltar, en donde el submarino Tireless, inglés y nuclear, todavía ser encuentra amarrado, aunque ya por poco tiempo, pues su reactor ya ha sido reparado y al cabo de pocos días abandonará la península, casi un año después de su arribada y dejando atrás una fuerte polémica.
  Poco más dura ya la navegación, arribando al puerto de Algeciras a las doce (hora española). De nuevo hemos de empujar el coche, y lo hacemos con bastante parafernalia, para que quede bien en el vídeo. Reanudamos el viaje pasando por encima de una balsa de desinfección de las ruedas para prevención de enfermedades (en Marruecos hay fiebre aftosa, epidemia del ganado muy famosa en Europa esta temporada debido al tremendo brote   que asola Inglaterra). Lo curioso es que las balsas son tan cortas que creo que la rueda de un camión a duras penas debe de dar una vuelta completa dentro de ellas.
  Sin entretenernos más, nos dirigimos hacia la carretera, que nos queda largo trecho hasta Barcelona. Nos dirigimos a Málaga, cruzando varios ríos cuyo nombre guarda reminiscencias del árabe: Guadarranque, Guadiaro, Guadalhorce, Guadalmedina... . Paramos en la carretera para dar cuenta de unos bocadillos y continuar el viaje. No sé por culpa de quién, pues me he pasado casi todo el viaje durmiendo, pero vamos por la carretera de la costa en lugar de ir por la ruta que en un principio pensábamos seguir, acortando camino desde Málaga hacia Granada y Baza, con lo que el viaje se hace más pesado por la lenta circulación debida a los camiones. Aquí tendremos el segundo pinchazo del viaje, en el mismo coche y la misma rueda que a la venida. Llegamos a Almería y tomamos la misma ruta por la que vinimos hace una semana, sin más paradas que las imprescindibles para repostar y cambiar de conductor.  A estas alturas mi técnica para arrancar el coche con la manivela es tal que ya soy capaz de hacerlo sin que haya nadie al volante. Y es que a fuerza de veces... .
  Cena en Aspe a base de Pelotas (que son las albóndigas de un caldo exquisito) y lomo con guarnición (después de tantos días necesitábamos cerdo). Para beber grandes jarras de cerveza y vino (también los necesitábamos). Repostamos en la gasolinera en donde hay una pelirroja (hacía días que no veíamos ninguna). La ruta transcurre sin más novedad hasta el área de servicio de Vilafranca, en donde los dos coches nos separamos, yendo uno directamente a Esparraguera, con Luis y David, que llegará justo para entrar a trabajar y el otro a Barcelona, en el que vamos Marcel, Paco, Jaume y yo. Llegamos a Barcelona a eso de las seis de la mañana, y todavía he de subir hasta Moià, a donde llego a la siete y media.
 
 
Itinerario:
 
Tetuán – Ceuta  – Algeciras – Marbella – Málaga (autovía) – Motril – Almería (carretera) – Huercal-Overa – Lorca – Murcia (autovía) – Crevillente – Aspe – Novelda (carretera) – Elda – Moixent – Xàtiva – Circunvalación de Valencia (autovía) – Valencia – Barcelona (autopista) (Total: 1248 Km.)

 


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