logo.gif (540 bytes)Marruecos 2002    1/3

 

Salimos de madrugada para llegar con tiempo suficiente a  nuestro destino. Sin demasiadas incidencias y tras doce horas de viaje en el robusto pero lento Lada Niva llegamos a Almería. Poco antes de las  once de la noche embarcamos, y sin dar apenas tiempo a que el barco zarpara ya estamos roncando en nuestras literas.

Con la puntualidad habitual, el barco de Transmediterránea atraca en Melilla a las 8 de la mañana. Dejamos atrás las   instalaciones del puerto y avanzamos por la avenida entre el escaso tráfico de esa hora de la mañana.Sidi cerca de Debdou
Hacemos una parada ante una tienda de comestibles de una calle lateral para comprar algunas botellas de whisky. Seguimos luego hasta una gasolinera BP en la que llenamos gasolina aprovechando el ventajoso precio de esta ciudad franca. De allí hasta la frontera, donde nos sorprende no encontrar el caos habitual de personas y vehículos. Apenas un par de buscavidas ofreciendo las papeletas de entrada al país. Mientras Marcel se queda junto al coche, me acerco a la  ventanilla oficial ante la que sorprendentemente tan solo espera una persona. Me entregan sin demora un par de papeletas que Marcel rellena mientras me dirijo a la oficina de aduanas para gestionar la entrada del coche. Entrego las papeletas ya rellenas y los pasaportes en la ventanilla, y en apenas cinco minutos, tras un par de preguntas sobre nuestro destino y alojamiento, me devuelven los pasaportes con el sello de entrada. Casi en seguida se aproxima un aduanero que revisa someramente el coche y me devuelve la documentación. Tenemos paso libre.

Cruzamos pues el paso fronterizo de Beni-Enzar y seguimos la carretera hasta Nador. Dejamos atrás la ciudad, y a unos pocos kilómetros tomamos el desvío de la carretera S605 en dirección sur. Andamos ligeros por esta carretera de asfalto impecable y ancho suficiente para el escaso tráfico que encontramos.
Nos detenemos tras una loma para dar buena cuenta del primer almuerzo africano, ocultándonos a los ojos de los eventuales transeúntes hambrientos por el ayuno del Ramadán.
Marcel toma ahora el volante. Seguimos hacia el sur hasta llegar a la carretera de Fes a Oujda. Tomamos dirección E hasta Taourirt. En el centro de la ciudad nos desviamos al S en dirección a Debdou. La carretera es ahora estrecha pero con el firme en buen estado. Las paredes del valle se cierran alrededor del pequeño pueblo construido en la base de la montaña que soporta la extensa meseta a la que nos dirigimos. Este es el último pueblo y   esperábamos encontrar gasolina para rellenar el depósito y los 40 litros de reserva de los bidones.
Plateau de Rekkam

No hay suerte con la gasolina. Los dos establecimientos que habitualmente disponen de ella han acabado sus existencias. Tan solo conseguimos 10 litros en uno de ellos. No tiene el color ni el olor de la gasolina, pero la echamos en el depósito y el coche sigue funcionando
No hay duda sobre lo que hay que hacer. Retroceder 60 kilómetros hasta una de las gasolineras de Taourirt. Ya con el depósito y las reservas completas, nos detenemos en un puesto callejero a comprar pan y algunos dulces de ramadán cubiertos de miel. Huelen y saben bien, pero saturan el paladar.
Camino otra vez de Debdou nos detenemos junto a una construcción que parece ser la tumba de un Sidi, emplazada en el centro de un viejo cementerio que se distingue tan solo por algunas piedras emplazadas de modo singular.

A la entrada del pequeño pueblo nos desviamos a la izquierda por la carretera que asciende sinuosa entre el bosque de pinos que cubre la ladera. Desde la cima se aprecia una hermosa perspectiva de Debdou y el valle. Frente a nosotros se extiende la antesala del Plateau de Rekkam, una extensa meseta de una altitud media de 1200 metros sobre el nivel del mar, la cual se dibuja en el mapa como un enorme vacío sin otras reseñas que un par de pistas indefinidas que la cruzan de norte a sur y de este a oeste y apenas media docena de pozos de agua.

Llevamos comida, agua y gasolina que esperamos suficientes, algunas piezas de recambio y herramientas, brújula y mapa, unas notas con las precisas indicaciones de Javier, un buen conocedor de estos lares, y mucho sentido común, por tanto no debemos temer al camino.

Quedan apenas un par de horas de luz natural así que sin demora enfilamos el camino asfaltado a través del pedregal. A ambos lados esporádicas construcciones de adobe y piedra y algunos rebaños de cabras y ovejas con sus cuidadores constituyen el único accidente en el paisaje.

Poco después el asfalto desaparece aunque el camino aparece bien marcado. Continuamos por ella en dirección SE hasta encontrar la pista  de Outat-Oulad-El-Haj a Ain-Benimathar que seguimos en dirección E unos cientos de metros, observando la infinidad de otras pequeñas pistas que salen de la principal en dirección S. Tomamos una de ellas al azar y empezamos la verdadera travesía de Rekkam.

Plateau de RekkamLa pista que seguimos, apenas marcada en el pedregal, se desdibuja pronto para aparecer unos metros más allá. Conforme avanzamos, infinitud de otros caminos se dividen y entrecruzan tejiendo una malla imposible de seguir. Manteniendo el sol a nuestra derecha estamos seguros de seguir la dirección correcta, tomando una u otra pista guiados por el azar y disfrutando con el encuentro del paisaje imaginado tiempo atrás.

Las esporádicas construcciones han dejado paso a las enormes haimas que albergan a los nómadas que pastorean sus rebaños en estas tierras. El terreno forma una planicie de apariencia infinita, rota tan solo por pequeñas colinas.

Nos detenemos en ocasiones junto a alguna haima en la que trasiegan  sus moradores con la excusa de peguntar si la dirección que llevamos es correcta, pero con la intención de entablar diálogo y hacer más ameno el viaje.

El enorme disco rojizo del sol roza ya la llanura y provoca que hasta el más pequeño guijarro prolongue su sombra. Encontramos un oued de cauce seco en el que ha quedado retenida un poco de agua y junto al que crecen algunos arbustos. Parece un buen lugar para acampar. Los arbustos disminuirán la fuerza del viento, y tal vez el agua atraiga a algunos animales que nos acompañen durante la noche.

El sol, medio oculto ya en el horizonte, extiende sus últimos rayos sobre las fragmentadas nubes que cubren una parte del cielo, tiñéndolas de infinitos tonos cálidos.

África nos da así la bienvenida.

Bajo la discreta luz de la luna creciente salpicada por una miríada de estrellas palpitantes  montamos la tienda y preparamos la cena que se adereza con una botella de rioja y remata con un café. Más tarde esperamos junto al charco la llegada de algún animal, pero finalmente nos vence el cansancio y nos vamos a dormir. El viento sopla con fuerza emitiendo infinitos sonidos al rozar con los arbustos. 

Plateau de RekkamLa dureza del suelo nos despierta con las primeras luces del día previas al amanecer. El sol asoma lentamente al final de la meseta y es ahora cuando realmente nos invade el alma peregrina. Con la mente totalmente inmersa en el presente, en el hoy, habiendo olvidado el ayer y el mañana, me viene al recuerdo una frase de Hemingway en la que decía que nunca conoció en África una mañana en que no fuera feliz. Así me siento yo.

Desayunamos y recogemos el campamento, azotado aún por el viento que decrece paso a paso. A lo lejos, con el sol de cara, atisbamos una sombra que se mueve. Con los prismáticos percibimos en la sombra a un hombre que parece dirigirse hacia donde nos encontramos. Su andar pausado, pero decidido, le conduce hasta nosotros en poco más de diez minutos. Tan solo ha venido a saludarnos desde una haima próxima.

Se nos hace difícil comunicarnos con estas gentes. Pocos son los que conocen algo de francés y tampoco nuestro precario vocabulario árabe sirve de mucha ayuda. Hablan amazigh una lengua que han mantenido viva desde mucho antes de que fueran invadidos por los árabes.

Nos despedimos de nuestro visitante, y reemprendemos la ruta en dirección sur, serpenteando en el laberinto de pistas que cruzan la inmensa llanura o abriendo otras nuevas  cuando el terreno lo permite.

En las laderas de las pequeñas lomas, a refugio del viento del oeste seguimos avistando las enormes haimas construidas con telas de lana de oveja o cabra, rematadas con plásticos de vivos colores, que si bien rompen su estética, sin duda mejoran la confortabilidad. Junto a ellas se levantan a manudo pequeñas réplicas para albergar a los perros,  y también cercados de malla metálica para las gallinas. Tampoco suelen faltar abrevaderos para las ovejas.

En esta aparente monotonía discurre el camino, siempre similar, pero siempre cambiante a través de un paisaje árido de increíble belleza por si mismo, por su dureza, por su falta de ornamentos.

Nos detenemos a almorzar junto a un pozo que somos incapaces de situar en el mapa. Del pozo, estrecho y profundo, sale una nube de pequeños pájaros cuando iluminamos el fondo con la linterna.

Suponemos estar ya cerca de Matarka, pequeño núcleo urbano que constituye el eje comercial de la meseta, punto de confluencia de los nómadas de la región para sus transacciones comerciales o para adquirir los productos de consumo imprescindibles.Rekkam. Indicador de Matarka

A lo lejos, un solitario caminante nos hace señas y varia su camino para hacerlo coincidente con el nuestro. Nos aproximamos a el, y nos solicita plaza en el vehículo hasta Matarka. Le hacemos hueco en la parte trasera y continuamos ruta. No hay diálogo posible, usamos lenguas desconocidas para ambos. Al final de donde alcanza la vista se distingue una solitaria estructura metálica, sin duda una antena de comunicaciones. Nuestro acompañante nos hacer ver que ahí está la anhelada Matarka. Nos dirigimos directamente hacia la loma que la sustenta, y al superarla se nos ofrece el pequeño pueblo a la vista.  Apenas algunas casas levantadas en adobe ocre,  separadas en dos núcleos por un pequeño río. Alhed, nuestro pasajero, nos encamina hacia la parte situada más al sur, donde nos indica que se halla el mercado.

Los hombres, en grupos de cuatro o cinco descansan indolentes a la sombra de los muros de las edificaciones. Las paradas del mercado aparecen cerradas en su mayoría, como posible consecuencia del ramadán. Damos una vuelta por el par de callejas que configuran el lugar ante la indiferencia de los presentes. Un amplio recinto, vacío, pero con abundantes cornamentas de cabra sembrando el suelo parece ser el punto donde se comercia con estos animales.

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Jaume Almirall

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