Salimos de madrugada para llegar con
tiempo suficiente a nuestro destino. Con la puntualidad habitual, el barco de
Transmediterránea atraca en Melilla a las 8 de la mañana. Dejamos atrás las
instalaciones del puerto y avanzamos por la avenida entre el escaso tráfico de esa hora
de la mañana. Cruzamos pues el paso fronterizo de
Beni-Enzar y seguimos la carretera hasta Nador. Dejamos atrás la ciudad, y a unos pocos
kilómetros tomamos el desvío de la carretera S605 en dirección sur. Andamos ligeros por
esta carretera de asfalto impecable y ancho suficiente para el escaso tráfico que
encontramos. No hay suerte con la gasolina. Los dos
establecimientos que habitualmente disponen de ella han acabado sus existencias. Tan solo
conseguimos 10 litros en uno de ellos. No tiene el color ni el olor de la gasolina, pero
la echamos en el depósito y el coche sigue funcionando A la entrada del pequeño pueblo nos
desviamos a la izquierda por la carretera que asciende sinuosa entre el bosque de pinos
que cubre la ladera. Desde la cima se aprecia una hermosa perspectiva de Debdou y el
valle. Frente a nosotros se extiende la antesala del Plateau de Rekkam, una extensa meseta
de una altitud media de 1200 metros sobre el nivel del mar, la cual se dibuja en el mapa
como un enorme vacío sin otras reseñas que un par de pistas indefinidas que la cruzan de
norte a sur y de este a oeste y apenas media docena de pozos de agua. Llevamos comida, agua y gasolina que
esperamos suficientes, algunas piezas de recambio y herramientas, brújula y mapa, unas
notas con las precisas indicaciones de Javier, un buen conocedor de estos lares, y mucho
sentido común, por tanto no debemos temer al camino. Quedan apenas un par de horas de luz
natural así que sin demora enfilamos el camino asfaltado a través del pedregal. A ambos
lados esporádicas construcciones de adobe y piedra y algunos rebaños de cabras y ovejas
con sus cuidadores constituyen el único accidente en el paisaje. Poco después el asfalto desaparece
aunque el camino aparece bien marcado. Continuamos por ella en dirección SE hasta
encontrar la pista de Outat-Oulad-El-Haj a Ain-Benimathar que seguimos en dirección
E unos cientos de metros, observando la infinidad de otras pequeñas pistas que salen de
la principal en dirección S. Tomamos una de ellas al azar y empezamos la verdadera
travesía de Rekkam.
Las esporádicas construcciones han
dejado paso a las enormes haimas que albergan a los nómadas que pastorean sus rebaños en
estas tierras. El terreno forma una planicie de apariencia infinita, rota tan solo por
pequeñas colinas. Nos detenemos en ocasiones junto a alguna
haima en la que trasiegan sus moradores con la excusa de peguntar si la dirección
que llevamos es correcta, pero con la intención de entablar diálogo y hacer más ameno
el viaje. El enorme disco rojizo del sol roza ya la
llanura y provoca que hasta el más pequeño guijarro prolongue su sombra. Encontramos un
oued de cauce seco en el que ha quedado retenida un poco de agua y junto al que crecen
algunos arbustos. Parece un buen lugar para acampar. Los arbustos disminuirán la fuerza
del viento, y tal vez el agua atraiga a algunos animales que nos acompañen durante la
noche. El sol, medio oculto ya en el horizonte,
extiende sus últimos rayos sobre las fragmentadas nubes que cubren una parte del cielo,
tiñéndolas de infinitos tonos cálidos. África nos da así la bienvenida. Bajo la discreta luz de la luna creciente
salpicada por una miríada de estrellas palpitantes montamos la tienda y preparamos
la cena que se adereza con una botella de rioja y remata con un café. Más tarde
esperamos junto al charco la llegada de algún animal, pero finalmente nos vence el
cansancio y nos vamos a dormir. El viento sopla con fuerza emitiendo infinitos sonidos al
rozar con los arbustos.
Desayunamos y recogemos el campamento,
azotado aún por el viento que decrece paso a paso. A lo lejos, con el sol de cara,
atisbamos una sombra que se mueve. Con los prismáticos percibimos en la sombra a un
hombre que parece dirigirse hacia donde nos encontramos. Su andar pausado, pero decidido,
le conduce hasta nosotros en poco más de diez minutos. Tan solo ha venido a saludarnos
desde una haima próxima. Se nos hace difícil comunicarnos con
estas gentes. Pocos son los que conocen algo de francés y tampoco nuestro precario
vocabulario árabe sirve de mucha ayuda. Hablan amazigh una lengua que han mantenido viva
desde mucho antes de que fueran invadidos por los árabes. Nos despedimos de nuestro visitante, y
reemprendemos la ruta en dirección sur, serpenteando en el laberinto de pistas que cruzan
la inmensa llanura o abriendo otras nuevas cuando el terreno lo permite. En las laderas de las pequeñas lomas, a refugio del viento del oeste seguimos avistando las enormes haimas construidas con telas de lana de oveja o cabra, rematadas con plásticos de vivos colores, que si bien rompen su estética, sin duda mejoran la confortabilidad. Junto a ellas se levantan a manudo pequeñas réplicas para albergar a los perros, y también cercados de malla metálica para las gallinas. Tampoco suelen faltar abrevaderos para las ovejas. En esta aparente monotonía discurre el
camino, siempre similar, pero siempre cambiante a través de un paisaje árido de
increíble belleza por si mismo, por su dureza, por su falta de ornamentos. Nos detenemos a almorzar junto a un pozo
que somos incapaces de situar en el mapa. Del pozo, estrecho y profundo, sale una nube de
pequeños pájaros cuando iluminamos el fondo con la linterna. Suponemos estar ya cerca de Matarka,
pequeño núcleo urbano que constituye el eje comercial de la meseta, punto de confluencia
de los nómadas de la región para sus transacciones comerciales o para adquirir los
productos de consumo imprescindibles. A lo lejos, un solitario caminante nos
hace señas y varia su camino para hacerlo coincidente con el nuestro. Nos aproximamos a
el, y nos solicita plaza en el vehículo hasta Matarka. Le hacemos hueco en la parte
trasera y continuamos ruta. No hay diálogo posible, usamos lenguas desconocidas para
ambos. Al final de donde alcanza la vista se distingue una solitaria estructura metálica,
sin duda una antena de comunicaciones. Nuestro acompañante nos hacer ver que ahí está
la anhelada Matarka. Nos dirigimos directamente hacia la loma que la sustenta, y al
superarla se nos ofrece el pequeño pueblo a la vista. Apenas algunas casas
levantadas en adobe ocre, separadas en dos núcleos por un pequeño río. Alhed,
nuestro pasajero, nos encamina hacia la parte situada más al sur, donde nos indica que se
halla el mercado. Los hombres, en grupos de cuatro o cinco descansan indolentes a la sombra de los muros de las edificaciones. Las paradas del mercado aparecen cerradas en su mayoría, como posible consecuencia del ramadán. Damos una vuelta por el par de callejas que configuran el lugar ante la indiferencia de los presentes. Un amplio recinto, vacío, pero con abundantes cornamentas de cabra sembrando el suelo parece ser el punto donde se comercia con estos animales. . |
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