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Después de cenar,
paladeando una pipa y degustando un espléndido té, rodeados de una noche oscura sembrada
de estrellas que hieren con su tibia luz la negritud del cielo, nuestro amigo, con el
rostro parcamente iluminado por el resplandor que surge de la cazoleta de la pipa, y por
el escaso fulgor que desprende la temblorosa lámpara de petróleo, nos habla de ritos y
ceremonias, de leyendas y quimeras.
Es esta, tierra bassari. Gentes de campo enraizadas en la tradición. Recelosos del
extraño, pero de corazón y hacer honestos. Ávidos de aprender, pero deseosos de
preservar. |
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... entramos por las pistas y caminos de la región, deteniéndonos a respirar el aire
cálido y húmedo, casi espeso.
Dejamos que la lluvia intensa nos caiga encima, hasta dejarnos empapados de agua y sudor. |
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El camino hasta Ibol asciende con suavidad. Pasamos frente a la escuela y dejamos
atrás las últimas casas, caminado entre campos de maíz.
Poco a poco aumenta la pendiente.
En lo alto de la colina un paisaje espléndido. Baobabs y palmeras sobresalen entre la
hierba, tan alta que casi hace invisible el poblado que rodea.
Esperamos la puesta de sol para iniciar el descenso. El valle se extiende hasta la
lejanía teñido por la luz rojiza del ocaso. |
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Nos detenemos a menudo ante un paisaje sorprendente, una ave colorida o un grupo de
monos que cruza el camino.
Algunos termiteros salpican el paisaje. Curiosa construcción y difícil trabajo el de las
termitas. Excavan el subsuelo en galerías, mientras sacan al exterior la tierra, formando
unas construcciones cónicas de hasta tres metros de altura. |
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| Es este un buen lugar para vivir, en la base de una colina, por encima del extenso
valle. Un lugar donde un nuevo día no es más que otra jornada, donde la vida se acepta
con la simplicidad que se presenta, donde se percibe el olor de África, ese impreciso
aroma entre flores y estiércol. |
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