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Agoniza el sol. Sentados
bajo una ceiba dejamos que el tiempo transcurra al ritmo pausado de África.
Alguien trae un cuenco de vino de palma. Los rostros se tornan difusos y las risas
de los niños dejan paso a los cantos rituales de la noche o al llanto lejano de un
recién nacido. Las voces bajan hasta hacerse susurros, acariciando apenas el oído.
Bajo una ceiba, lejos o cerca, suena un djembe. |
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... a media tarde entramos por los sinuosos canales de los manglares hacia la isla de
los pájaros, al sudeste de Carabane, una ínfima parcela de tierra cubierta totalmente
por la vegetación. Nos acercamos con cautela y silencio y esperamos.
A la caída del sol, empiezan a llegar nubes de aves que convierten el islote en un mar de
plumas de estridente cacofonía. |
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... las canoas amarradas en un tronco delatan la presencia humana.
El sendero se adentra unos centenares de metros hasta llegar a las primeras casas de Hitou
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... se ayuda de un cinturón de corteza vegetal para ascender a la palmera.
Una vez arriba, hace una herida en el árbol y coloca un embudo hecho de hojas, a cuyo
extremo ata una botella de cristal o una calabaza. Poco a poco el sabroso líquido cae en
el recipiente, |
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... a ambos lados de la carretera las ceibas enormes forman una exuberante y
enmarañada masa de troncos, ramas y hojas de un verde tan oscuro que casi parece negro. |
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