Al bajar del avión el aire caliente golpea el rostro. La ropa se humedece y los poros de la piel se abren como en un baño turco tornándola pegajosa. La temperatura, que un día después percibiremos agradable, parece ahora sofocante en contraste con el frío invernal del interior de avión, provocado por la mano ejecutora que gobierna la temperatura del aire acondicionado. De noche o madrugada; siempre de noche o madrugada; el autobús nos conduce hasta el edificio del aeropuerto donde espera la cinta sinfín que debe traernos la bolsa del equipaje; todo lo material que nos liga a nuestro mundo occidental. Como emergida de una lúgubre caverna, la bolsa aparece cuando ya toda esperanza está perdida. La imaginaba trotando por algún lugar lejano, extraviada en el transbordo de un aeropuerto europeo, conociendo lugares a los que yo nunca podré llegar. Pero ahí está, con aspecto de haber sufrido mil batallas; herida, arrugada y sucia. Esquivamos con una buena dosis de paciencia a los que se empeñan en ofrecer su amistad y llevarnos la bolsa, y con una sonrisa cómplice convenzo al aduanero de que lo más peligroso que hay en mi equipaje son los calcetines. Exploro los rostros de los que aguardan, sabiendo que nadie me espera. Sería más fácil si, como otras veces, hubiera quedado con Doudou para que me recogiera. Tomaríamos un taxi e iríamos a casa de un amigo madrileño, muy cerca del aeropuerto, quien seguro que tendría para nosotros una habitación con ventilador para pasar la noche. Al día siguiente, un buen desayuno preparado por Caty me ayudaría olvidar el retraso del vuelo, y la sonrisa y el alboroto de Jeremy me prepararían la mente para iniciar el viaje. Pero no ha sido así. Doudou no me espera, y yo soy incapaz de encontrar la casa en el intrincado barrio donde vive; así que empiezo a desempolvar mi olvidado francés, incomprensible para los franceses, y apañar el precio con un taxista no demasiado ávido de francos para que nos lleve a un hotel; al de siempre, céntrico y no muy caro, con un propietario libanés que habla un español mucho mejor que mi francés. El taxista enfila hacia la ciudad sorteando con notable pericia, y mucha suerte, los escasos vehículos que circulan a hora tan tardía y los incontables socavones de la calzada. Después de subir el equipaje por la estrecha y empinada escalera del hotel y tomar una refrescante ducha, estamos demasiado cansados para poder dormir, así que con unas sandalias, un pantalón raído y una camiseta arrugada salimos a dar un paseo. Escasa luz en las calles, tiendas cerradas. Solamente algún bar musical permanece abierto a estas horas. Las aceras, demasiado oscuras esconden nuestros miedos. Tan solo los vigilantes de algunos edificios permanecen un poco despiertos, entreabriendo los ojos con mirada inquisidora. El paso esporádico de algún vehículo denota que la ciudad no está muerta, solo dormida. Amanece apenas cuando Dakar despierta. El ruido del tráfico sobrepasa, y parece imposible, al del aparato de aire acondicionado de la habitación vecina que ha estado funcionando toda la noche. En la calle bulle la vida: vendedores de periódicos, de discos, limpiabotas; todos han despertado ya. Desde la ventana se ve el intenso ir y venir de las gentes. Las comercios han abierto sus puertas y los pequeños tenderetes de pan, de desayunos, de tabaco, de ¿...? han levantado sus pestillos. Sobre los tejados, en cada antena de televisión, una ave rapaz espera. Debemos desayunar, cambiar moneda y conseguir un transporte. Un par de croissants y un café con leche solucionan lo primero. En cuanto al cambio, la cosa se complica porque me empeño en conseguir un lugar que me cambien sin comisión, tarea difícil pero no imposible. El transporte lo aporta un amigo, Lluís, actualmente perdido por esos mundos colaborando con una ONG y que habitualmente trabaja como guía turístico en Senegal. No tuvo ningún impedimento en dejarme las llaves de su Nissan, aparcado desde hace meses en un garaje, antes de partir. Espero que no surjan problemas con el coche; ya he tenido demasiadas malas experiencias con ellos en Senegal. Cuando sea mayor alquilaré uno con chofer. Finalmente salimos de Dakar. No es tarea fácil en hora punta. Tomamos la N1, y a pocos kilómetros nos desviamos a la izquierda. De haber seguido por la misma carretera podríamos haber llegado hasta Fadiout, una pequeña isla unida a tierra firme por un puente de madera por el que transitan sin parar gentes, animales y vehículos de dos ruedas. Desde esta isla, otra pasarela similar lleva hasta el cementerio que comparten cristianos y musulmanes. Recuerdo que hace un par de años pernocté con mi mujer en un pequeño albergue en Fadiout. Al subir las marea el agua invadía parte de las calles más próximas a la orilla del mar, y salir del albergue requería hacer equilibrios sobre unas piedras adecuadamente dispuestas. Me llamó la atención unas pequeñas construcciones de ramas situadas al extremo de algo similar a unos pequeños embarcaderos, directamente sobre el mar; resultaron ser unos prácticos lavabos. Guardaban la leña sobre unas plataformas de madera, separadas de la isla, para que en el caso de producirse un incendio, este no afectara a las viviendas. Como digo, la isla está aprovechada al máximo. Las viviendas se apiñan una junto a otra dejando tan solo, a modo de calles, unos retorcidos y estrechos pasajes. Nos dirigimos a Touba, ciudad santa del mouridismo. Olvidada de los visitantes, solo ofrece al turista su espectacular mezquita. Me decía un español que lleva muchos años trabajando en Senegal que no entendía porqué me gusta esa ciudad, sucia y polvorienta, que, para llegar a ella, obliga a desviarse de cualquier ruta que se emprenda. Pues no, no me gusta Touba, pero he aprendido que se puede amar cualquier ciudad si la paseas y haces amigos, y esa es la razón por la que he hecho de ella parada obligada en cada uno de mis visitas a Senegal. La primera persona senegalesa que conocí, Serigne, vive en Barcelona. Ocupa junto a otros cinco o seis compatriotas un pequeño piso en un barrio de la ciudad. Diariamente se traslada con su viejo coche a distintos mercados de la provincia, donde en tres metros cuadrados de mesa ofrece sus mercancías; relojes, pilas, cinturones, linternas.... Todos hemos visto en algún mercado de nuestros pueblos a alguno de esos personajes, con el que quizás no hemos malgastado ni tan siquiera una mirada. De los beneficios, que no son muchos, además de cubrir los gastos de su alimentación y vivienda, envía una parte a su familia en Senegal. Y no es una pequeña familia no. Cuatro mujeres, y como a el le gusta decir, casi quince hijos; sin olvidar a su madre y a algún que otro hermano sin trabajo. Una gran familia con un gran corazón. Viven en una casa de ladrillo de una sola planta, situada en una calle ancha y arenosa, cerca del mercado y a unos diez minutos de la mezquita, cuyas torres se divisan perfectamente desde la terraza de la casa en la que malvive una solitaria cabra que espera pacientemente el sacrificio en la próxima fiesta del Maagal. La planta baja la ocupan los hijos, las mujeres, la madre, las mujeres y los hijos de dos hermanos de Serigne también emigrados y un hermano soltero. No se distingue demasiado de las viviendas vecinas. Paredes encaladas, rejas en las ventanas y una gran puerta metálica pintada en el sempiterno color azul. Tras la puerta un patio encementado, en el que en las más calurosas noches del año duerme parte de la familia. A la derecha del patio las habitaciones de los hermanos casados, al frente la de la madre, la del hermano soltero y la de los hijos mayores; a la derecha se abre un corredor en forma de L. A la izquierda del corredor se encuentran las posesiones exclusivas del dueño de la casa: una amplia sala enmoquetada, con Tv., vídeo, sofás, sillones, ventilador y cortinas en las ventanas para apaciguar al duro sol. Junto a la sala; su habitación con apenas una cama, un armario y un enorme baúl. Un poco más allá el baño. A la derecha del pasillo las habitaciones de las mujeres; una para cada una, que comparten con los hijos más pequeños. Al fondo del corredor, un segundo patio reúne la cocina y el baño de la familia. En ausencia de Serigne, Fama, su primera mujer, organiza la casa. Diariamente se distribuyen las tareas. Quien cocina hoy, no lo hará mañana, y quien limpie mañana, no lo habrá hecho hoy. Los hijos asisten a la escuela coránica. Bajo la dirección de un marabú aprenderán mucho del Corán y poco de la vida. Mala cosa para su futuro. La primera vez que fui a esa casa iba con mi mujer. Llegué en un taxi siguiendo un plano que había garabateado mi amigo en mi libreta de notas, y mostrando una fotografía de Serigne a todo el que pensaba que podría reconocerlo. Finalmente un panadero dijo que sí, que lo conocía; así que se encaramó en el taxi y nos condujo directamente hasta la casa. La escena de la llegada fue kafkiana. Salieron los niños, salieron las mujeres, acudieron los vecinos. Estoy seguro que habría allí más de cien personas Yo hablaba medio mal el francés, y apenas sabía dar los buenos días en wolof y en árabe. Todos los allí presentes hablaban wolof, y algunos árabe, pero ninguno sabía una palabra de francés. Serigne había avisado de nuestra llegada por teléfono desde España, pero de eso hacía ya un par de meses. Finalmente saqué de mi maleta las fotografías que nos habíamos hecho con él en mi casa. Ahora sí. Rieron, lloraron y gritaron mientras las fotografías pasaban de mano en mano. Entramos en la casa y nos acomodaron en la sala, encendieron el ventilador y la Tv., y nos dejaron solos. Fuera, tras la puerta, se escuchaban los cuchicheos de las mujeres y las risas reprimidas de los chiquillos. Pasados unos minutos, Fama apareció sudorosa con una jarra de agua helada. Estábamos sedientos, pero como le explicaba yo a esa mujer que era mi primer viaje a Senegal y que todos los manuales sanitarios y las guías de viaje prohibían de manera tajante beber agua que no fuera embotellada y desprecintada en nuestra presencia? ¡Al carajo! No iba a despreciar lo que con buena voluntad me ofrecían. Bebí despacio, saboreándola, paladeándola y le pasé luego la jarra a mi mujer, que tan solo se humedeció los labios. Desde entonces bebo y como lo que me apetece, con el convencimiento de que lo que se toma con ganas no sienta mal al estómago. Más tarde apareció un vecino, antiguo emigrante en Francia, que hizo de intérprete. A través de él me llegaron las preguntas ¿Cómo estaba Serigne? ¿Cuándo volvería?; formuladas una y otra vez por cada mujer, por la madre, por los hijos mayores... Después comimos un exquisito Tie Bou Dienne; arroz con pescado y verduras; y bebimos un fuerte café, el famoso café Touba extendido por todo el país. Tomamos la comida en la sala, nosotros solos, acompañados por el vecino traductor. Pese a que insistimos, ninguna de las mujeres consintió en compartir la comida con nosotros. Pero dejemos a la Familia y sigamos con Touba. Es esta una ciudad de emigrantes, enclavada en tierras áridas, con las calles pavimentadas en arena que sobrevuelan los cuervos al atardecer. Casas de más o menos solidez que se extienden varios kilómetros cuadrados. Es una ciudad que ha crecido alrededor de la mezquita, y junto a ella las suntuosas casas de los descendientes de Amadou Bamba. La mezquita ostentosa, aberrante, casi teatral en su pompa; construida con el sudor y el esfuerzo de los emigrantes obligados a donar una parte de sus beneficios para engrandecer el templo y a sus moradores, que no gustan de ocultar sus riquezas paseando en flamantes Mercedes. Incluso los escasos turistas son bien recibidos en la mezquita. Ciudad santa en la que no se puede cantar, ni bailar, ni fumar, ni tan solo besar. Si esta es la cara, a escasos kilómetros la cruz. La ciudad de Mbake, donde se desplazan los pudientes para gozar de sus cines, sus bares y también de sus burdeles. Como ejemplo la escena vivida en una calle próxima al mercado; gritos y risas que llamaron mi atención; me aproximé despacio, con la vana intención pasar inadvertido, de no revelarme como intruso. No lo conseguí, tiraron de mi hacia el grupo, siguieron cantando, aparecieron cubos y cuencos de plástico que , invertidos, se utilizaron de improvisados tambores que imprimían ritmo a los cantos. Celebraban una boda. Pronto acabó. Apareció la policía que requisó los instrumentos y detuvo al novio. Me interesé por él. Debía pagar una multa y lo soltarían Así es Touba, una ciudad en la que sus habitantes no pagan impuestos, ni la electricidad, ni el agua corriente, en la que pocos pasan hambre; pero han renunciado a la alegría, a la cultura, y un poco a la vida. La esclavitud fue abolida hace mucho tiempo, pero quedan aún viejas cadenas, quizás solo culturales o sociales, pero igual de resistentes. De noche, tras la cena, cuando la vida se duerme y la ciudad ensombrece, salimos a la calle, donde inventamos mil y un juegos con los niños. Cantamos y reímos, mientras la mujeres, tumbadas en una estera extendida sobre la arena, esconden sus sonrisas en el temor de que aparezcan los guardianes que denuncien nuestros juegos y nuestras risas. Pagaremos con gusto la multa. Agotados por los juegos y por las emociones del día nos acostamos. Después de un frugal desayuno en el que no ha faltado el café Touba, emprendemos camino. Atrás quedan las mujeres de mirada desierta de esperanzas y los niños cuyos ojos todavía brillan, pero que acabarán apagados como la ceniza. No hay tristeza en la despedida, saben que no es un adiós, les he prometido volver y lo haré. Volveré por egoísmo, por mi mismo; quiero oír una vez más la canción, que trasgrediendo las normas, les enseñé a la luz de una vela, en un rincón de la noche. Volveré porqué viendo el esbozo de su sonrisa me siento feliz. Después de todo es este un lugar que te permite viajar por viajar, sin necesidad de llegar a ningún sitio; de ir y venir paseando un sueño. Seguimos por una carretera estrecha pero en buen estado hasta Kaolack. En el paisaje árido abundan los baobabs, los árboles menos árboles de todos los árboles, seres de alma inteligente y sufridera, según escribió J. Reverte en su libro Vagabundo en África. Continuamos por la N1 en dirección a Tambacounda, a 220 Km. al este de Kaolack. La carretera, aunque asfaltada, está en mal estado. Los múltiples socavones nos obligan a dar bruscos golpes de volante continuamente. Nuestra velocidad media no supera los 50km/h. Hacemos algunas paradas para estirar las piernas, comer o contemplar un paisaje de exasperante monotonía que, sin embargo, abarca una variedad infinita de matices. En algunos tramos la carretera discurre paralela a la vía férrea que une Dakar con Bamako. A ambos lados de la carretera arde la vegetación, en un fuego que nadie apaga. Aunque nos sorprende, sabemos que esa es una forma válida de regeneración. Tan solo quema la hierba, que prende rápidamente, sin que concentre calor suficiente para que se incendien los matorrales o los escasos árboles. En menos de una hora llegaremos a Tamba. Busco con la mirada el lugar donde hace un par de años me dejó tirado el coche que llevaba. Ahí está, pasado ese cruce de caminos. Había alquilado un Toyota muy barato al amigo de un amigo de un amigo de...; sin demasiada experiencia en las carreteras de Senegal, cogí más baches de los que debía. Unos kilómetros antes había notado que tras un socavón más grande de lo normal, la palanca de cambio se había desplazado, pero no le di demasiada importancia. Al llegar aquí el testigo del aceite se iluminó bruscamente. Paré en el borde de la calzada y levanté el capó. El filtro de aceite apoyaba sobre el bastidor del vehículo, estaba deformado y con un corte profundo. El motor se había ladeado al haberse partido uno de los dos soportes que lo sujetaba al bastidor; parecía grave, pero solo estaba a unos 20 Km. de Tambacounda, una ciudad grande donde confiaba encontrar recambio del filtro de aceite, y una vez con el coche allí, algún mecánico que pudiera reparar el desaguisado. Hay una vieja máxima que dice que no hay nada que estropee un europeo que no pueda reparar un africano, y que no hay nada que construya un europeo que no pueda estropear un africano. Yo me quedé en el coche, y mi mujer, con Doudou, un amigo senegalés que nos acompañaba, marchó en un camión, que pudimos parar, hasta Tambacounda. El sol se ocultó pronto, y el coche junto a la carretera llamaba la atención de muchos conductores, que se detenían, no siempre con intención de ayudar. Tras un par de horas de espera aparecieron mi mujer y Doudou en un taxi, acompañados por un mecánico y un par de ayudantes. Traían el filtro y aceite, que era lo más importante. Pero para cambiar el filtro necesitaba volver el motor a su posición original, tarea nada fácil de noche y con escasas herramientas. Sabía que tampoco el mecánico, y prometo que ese no parecía un mecánico, podría hacer la reparación allí, así que no lo necesitaba para nada. Sus ayudantes estaban más interesados en comprobar nuestro equipaje que en aprender el oficio. En esos bretes dirimía cuando otro 4x4 se detuvo bruscamente. No habló mucho; tan solo ató una cuerda a la parte trasera de su vehículo, y me dio el otro extremo que até al mío Sin apenas tiempo para encaramarnos a nuestro Toyota, arrancó con brusquedad y nos arrastró a velocidad de locura hasta la ciudad. Paró frente a un taller mecánico, cerrado ya, pero donde dejé el coche, tras descargar el equipaje y montarlo en el suyo. Seguimos hasta un hotel próximo. El hombre era un portugués, que trabajaba en alguna extraña empresa. Durante la cena, a la que le invitamos, nos contó de la añoranza de su familia, y de infancia pasada en una granja de cocodrilos Mozambique. ¿Porqué será que en todos los caminos de la vida encuentras hombres como él? Ricos o pobres, con diferentes rostros y distintos cuerpos, pero el mismo corazón. Cuando viajas la gente te ayuda, y aprendes que debes a ayudar a quienes viajan. Al día siguiente, mientras mi mujer seguía durmiendo, me planté en el taller. El mecánico, este sí lo parecía, un hombre orondo y de aspecto bonachón dio un rápido vistazo bajo el capó. -Por la noche estará arreglado- sentenció. Bajo sus ordenes, los aprendices se turnaban las escasas herramientas para ir sacando un tornillo de aquí y otro de allá. A mediodía el motor colgaba de una polea como si de la cabeza de una víctima de la guillotina se tratara. Poco después de las 8 de la tarde, a la luz de mi linterna el aprendiz más avanzado apretaba el último tornillo. Llegamos a Tamba a las 4 de la tarde. Quedan un par de horas de luz que debemos aprovechar. Seguiremos unos kilómetros en dirección oeste hacia Kedougou, puerta de entrada al País Bassari, nuestro destino. Lo que era una pista ancha y en buen estado fue asfaltada hace unos tres años y permite rodar a buena velocidad. Al cruzar uno de los pequeños pueblos de la ruta, pese a que vamos a velocidad moderada, no puedo evitar atropellar una gallina. No la he pisado con las ruedas, pero la nube de plumas delata que no ha sobrevivido al episodio. Pasamos sin problemas un par de controles de la policía y seguimos hasta Dar Salam, una de las entradas al parque Niokolo-Koba. Ahí hay un campamento más que aceptable que ya conozco, y también Ibrahim, un amigo al que me gustaría saludar. Nos instalamos en el campamento. Cabañas con dos camas con mosquitera, ducha, lavabo y un par de velas. No hay electricidad y en principio tampoco agua, pero pronto un empleado del campamento llena a cubo un depósito elevado que permite que el agua llegue hasta la ducha. Mientras preparan la cena paseamos por el pueblo intentando encontrar la casa de Ibrahim. Su mujer nos dice que no está. Trabaja como guía en el parque y está acompañando a unos turistas. Quizás pueda saludarlo cuando regresemos del País Bassari. Tras la cena compartimos un té y unas horas de conversación con los empleados del campamento. Antes de acostarme, me alejo apenas unos metros del campamento para pasear en solitario bajo la ruda oscuridad tan solo herida por briznas de luz que las estrellas arrojan sobre la tierra.
penas amanece cuando nos levantamos. Salimos temprano para recorrer antes de que el sol se eleve mucho sobre el horizonte las dos horas escasas de camino hasta Kedougou. La carretera cruza el parque Niokolo Koba y tenemos la esperanza de ver algún animal atravesando el camino. Sin embargo la fauna no se prodiga, y tan solo encontramos un grupo de monos calentando sus ateridas pieles sobre el asfalto que empieza a atemperarse. Se partan pausados cuando se acerca el coche, encaramándose a los árboles próximos algunos, y quedando el resto en el margen del camino. Se trata de una familia de unos 30 miembros. Un macho enorme se yergue amenazador entre nosotros y el resto del grupo esperando que los demás miembros del clan se sitúen tras él, para finalmente perderse en la espesura. Al avanzar unos metros el vehículo, comprobamos como el grupo retorna con cautela a su posición inicial. La carretera continua en muy buen estado atravesando pequeños pueblos. Al llegar a Mako, un puente nos permite cruzar el caudaloso río Gambia. Al final del puente detenemos el coche para estirar un poco las piernas, y poder contemplar la mansedumbre del río. Abajo, en un recodo, un grupo de mujeres se afana en lavar la ropa, y la tiende después sobre las matojos y las piedras, formando un mosaico multicolor. En un viaje anterior, con mi mujer, pasamos un par de horas compartiendo el tiempo con las mujeres en el río. Yo me quedé arriba, contemplando el discurrir del agua. Ella bajó hasta el cauce. Sorprendidas al principio, no tardaron en mostrar su carácter jovial, intentando que las ayudara en su tarea. Era el atardecer. En mitad del cauce un hipopótamo resoplaba en la superficie. Tras acabar con la limpieza de la ropa, lavaron a los niños, y después lo hicieron ellas. Más tarde doblaron cuidadosamente la ropa ya seca, y emprendieron el regreso hacia sus casas. Escribía Ebelyn Waugh que de la misma manera que hay hombres a los que hace felices contemplar a los pájaros, a ella le hacia feliz contemplar a los hombres. A mi también. Son agradables las mañanas de África, en esta hora en que el sol todavía prolonga las sombras, y no está demasiado alto como para maldecirlo en silencio. Llegamos pronto a Kedougou. He de localizar a Tamba, un viejo amigo de apenas 18 años. Su familia vive en Iwel, un pueblo situado en el interior del País Bassari a no demasiados kilómetros de aquí. Él pasa casi todo el año en la ciudad, estudiando. No conozco la dirección de la casa en que vive, así que nos dirigimos a un campamento turístico donde suele ir habitualmente. Un joven del campamento irá a buscarlo al salir de la escuela. Esperamos a la sombra degustando una cerveza. En Senegal hay dos tipos de cerveza; la Flag y la Gacelle. La primera, suave, tiene una capacidad de un tercio aproximadamente. La segunda, aún más suave, se hace larga de beber. Hay que estar muy sediento para engullir medio litro de cerveza, y más si tras los primeros sorbos empieza a calentarse. Finalmente llega Tamba. Le explicamos nuestros planes. Queremos seguir la pista que discurre paralela a la frontera guineana, en dirección a Salemata, en el núcleo del País Bassari. Nos gustaría que alguien nos acompañara para realizar las funciones de interprete. No hay problema, conoce a la persona idónea, un primo suyo llamado Numu, que vive en Iwel. La última vez que habia visto a Tamba fue hace unos meses en Dakaar. Estábamos con mi padre y unos amigos en casa de uno de ellos. También estaba Tamba, al que conocí unos años antes, cuando apenas contaba 14, en su pequeño pueblo, y destacaba ya su mirada viva y despierta. Debíamos tomar el avión a las 11 de la noche, y apenas eran las 7; así que para matar el tiempo nos acercamos hasta la zona donde arriban los pescadores en Yoff y tras deambular entre los montones de pescado de los más inimaginables tipos, compramos un par de cubos de gambas que engullimos tal cual. Después de comer nos acercamos hasta la casa en la que vive Tamba en la ciudad. Lluís, su propietario es el mismo que nos ha prestado el coche. Tamba mantiene la casa ocupada y en buen estado mientras Lluís o su amigo Jordi están ausentes. La casa es, o será, un pequeño campamento. Tres construcciones circulares, con un cubierto central, junto a un extenso patio. Dejamos nuestro equipaje en una de las estancias. Salimos a comprar las provisiones imprescindibles para los días en que estaremos en el País Bassari. Patatas, té, azúcar, aceite, arroz ... y nuez de cola, un fruto del tamaño de una castaña y de sabor fuerte y amargo, muy apreciado por las personas de mayor edad. Lo trasladamos todo a la casa, y dejamos preparados los utensilios de cocina y las tiendas de campaña que hay en la casa, y que a buen seguro nos serán útiles. Tamba nos recomienda Ir a saludar al jefe de la policía de la ciudad, una de esas obligaciones, que si bien no están escritas en ninguna parte, pueden ahorrar algún problema. El cuartel está a la salida de Kedougou. Un edificio grande de aspecto inquietante con un patio delantero ocupado en parte por varios vehículos que algún día funcionaron. El centinela descansa a la sombra de un baobab, sentado en una silla peligrosamente inclinada hacia atrás, apoyando el borde superior del respaldo en el árbol. La gorra caída sobre los ojos hasta el punto de no apreciarse si permanecen abiertos o cerrados. Ante nuestra presencia hace un imperceptible movimiento con la boca, y un niño, quizás su hijo, se levanta del suelo y se dirige al interior. Nos dice que debemos esperar, que el comandante está ocupado. Nos sentamos a compartir la sombra con el policía, el niño y la mujer que está junto a él. Instantes después, otro policía sale del interior invitándonos a entrar. Cruzamos una sala en penumbra, de paredes oscuras, con una solitaria bombilla en la que dos funcionarios aporrean con parsimonia sendas máquinas de escribir, auténticas piezas de museo. Precedidos por el agente que nos invitó a entrar, accedemos al despacho del comandante, enfrascado en la lectura del único papel que tiene sobre la mesa. El policía se afana en traernos sillas, y nos invita a sentarnos. El comandante resulta ser un hombre afable, de mediana edad y pelo cano. Nos pregunta por nuestro viaje, más por cortesía que por interés. Contestamos de la misma manera, interesándonos por su trabajo. Nos despide con una sonrisa media hora después. Acompañados por Tamba tomamos el camino hacia Iwel, una pista de tierra roja y polvorienta en muy buen estado. A los pocos kilómetros dejamos a la izquierda el camino que conduce a las cascadas Dindefelo, y tras pasar junto a Bandafassi, llegamos a Iwel.
Hace años que no voy a las cascadas. Fue un mes de agosto en el que nos adentramos por los caminos y pistas de la región, deteniéndonos a respirar el aire cargado de humedad que saturaba los pulmones, dejando que las intensas lluvias cayeran sobre nosotros hasta empaparnos. La humedad convertía el aire cálido en espeso, pesado, casi perezoso. Se llega por una pista hasta la aldea de Segou, donde hay que dejar el coche y andar un buen trecho por un sendero a través del bosque, acompañado siempre por los gritos del las aves y los monos. Tras el último recodo del camino se abre un claro que permite contemplar los cuarenta metros de caída de la cascada. A lo largo de siglos la fuerza del agua ha excavado una laguna de aguas límpidas en la que el baño es un placer. Es un pequeño paraíso capaz de convertirse en infierno en la época de lluvias; uno de esos lugares en que la belleza palpita en la vecindad del espanto cuando el tintineo de las aguas se convierte en rugido que arrastra troncos y piedras con una fuerza imparable. Llegamos a Iwel, un pequeño pueblo habitado por gentes de la etnia peúl dedicadas principalmente a la agricultura. Pequeñas casas construidas con caña trenzada, agrupadas por familias, en las que no falta uno o varios catres fabricadas con troncos frente a cada una, para aliviar el cansancio del cuerpo. Tras saludar a los padres de Tamba, hablamos con Numu y quedamos con él para mañana, a las 8 de la mañana. Deambulamos sin rumbo por los alrededores del pueblo. Pasamos junto a la escuela y los maizales por donde comienza el sendero que asciende hasta el pueblo Bassari de Iwol, en lo alto de la montaña. Sentados en las raíces de un enorme árbol ante la única tienda de Iwel, tomamos unas bebidas enfriadas con una de las omnipresentes neveras a gas de la empresa coca-cola. Una mujer y su hija tienen que ir hasta un pueblo cercano, y preguntan si podemos llevarlas. Les hacemos un hueco en el coche. Tamba me dice que el lugar al que vamos es donde vive el director de la escuela del pueblo. Tomamos un camino a la derecha, apenas visible entre la alta hierba. Seguimos el camino durante unos 2 kilómetros, ascendiendo por una pequeña loma tras la que se extiende la pequeña aldea. Debe albergar unas diez familias a lo sumo. Detenemos el vehículo y descendemos a pié aproximándonos a la casa del director. Sale a recibirnos y nos indica un banco de madera para sentarnos. Se interesa por nuestro viaje y por nuestras vidas. Es un hombre culto e inteligente, y se le nota; una de esas escasas personas a las que no se habla, se escucha. Me planteó, como muchos otros antes que él, una pregunta que odio, y la odio porqué no tengo respuesta para ella. Me pregunta si es difícil para un africano entrar en España; muy difícil, respondo. -Pero los españoles vienen aquí cuando quieren, ¿Por qué?- me dice. Ese porqué final se queda siempre sin respuesta. Nos invita a asistir al día siguiente a una de sus clases. De regreso a Kedougou cruzamos un pequeño riachuelo, de aguas turbias, casi jabonosas, espesas hasta ser casi lodo. Unos jóvenes se bañan para refrescarse del calor acumulado durante el día. El aspecto de las aguas no invita a remojarse en ellas a ninguna mente lucida occidental, así que ... nos bañamos. La aprehensión inicial da paso a una sensación de placer supremo. El agua parece fría como el hielo contrastando con la elevada temperatura exterior. Los jóvenes ríen ante nuestro escalofríos, y también porque no, de nuestra pálida piel y de alguna parte de nuestra anatomía más pequeña de lo que debe ser la media nacional senegalesa. Tras el baño, llegamos ya anocheciendo a Kedougou. Después de cenar nos acomodamos en la habitación donde habíamos dejado el equipaje. El calor es intenso; dejamos la puerta y la ventana abiertas protegiéndonos bajo las mosquiteras de esos insectos que más que picar apuñalan. Algunos sapos de buen tamaño deciden explorar nuestros enseres, así que montamos una barricada delante de la puerta. Tamba nos despierta cuando sale hacia la escuela. La noche ha sido larga, y la batalla con los mosquitos ardua. Salimos hacia Iwel. Numu, puntual a la cita, nos espera. La pista empeora cuanto más avanzamos. No sería la primera vez que tengo que dar media vuelta sin poder llegar a Salemata. Nos detenemos en un pueblo próximo a visitar una antigua explotación de mármol. La maleza cubre los restos de un viejo camión que murió hace tiempo. Pasamos entre bosque de extraordinaria belleza. El paisaje se ondula, elevándose y descendiendo con suavidad. A la derecha nos queda el monte Asirik, que con sus poco más de 400 metros es la máxima elevación de Senegal. Cruzamos algunos riachuelos, ahora con poco agua, pero que han dejado su huella en el camino en las crecidas de la época de lluvias, en Julio y Agosto. El camino no es difícil, aunque obliga a circular despacio, con atención a socavones y barrizales endurecidos. Leo textualmente en la guía Horizontes de Salvat Coger la pista de Kedougou a Salemata es insensato e imprudente ... barrancos, posibilidad de perderse... ¡Si esta noche hacemos fuego, la quemo! Vemos algunos termiteros de buen tamaño.. Curiosa construcción y duro trabajo el del las termitas. Excavan el subsuelo formando galerías, y extraen la tierra al exterior formando una construcción en forma de cono, algunas de más de tres metros de altura, en la que se aprecian corredores de ventilación por las que conducen el aire otros tantos metros bajo tierra. De este modo, aunque el suelo se inunde, no se ahogarán ahí abajo. Nos detenemos con frecuencia ante un paisaje sorprendente, una ave colorida o un grupo de monos que cruza el camino. El suelo está formado por una capa de piedra de color rojo intenso, probablemente de origen volcánico. Si de pronto surgiera de entre la maleza un dinosaurio, creo que no nos sorprendería, tal es la imagen del paisaje. Tras una pequeña ladera, aparece claro amplio, de suelo rocoso y liso, en el que surgen algunos termiteros en forma de seta. Desde lo alto del techo del coche se aprecia aún más la inmensidad el paisaje y la vista se ahoga en el bosque infinito. Con el cuerpo baldado después de más de 6 horas de ruta llegamos a Salemata, pequeño pueblo de no más de 300 habitantes centro neurálgico y comercial de la zona. Pasamos junto a las primeras casas hasta llegar al cuartel de la gendarmería. El vigilante nos hace señas desde el interior del patio para que entremos. Pide los pasaportes y anota los datos en una libreta de tapas de cartón con las esquinas dobladas por el uso. En el centro del patio de levanta una torre que sostiene una antena, alimentada por un panel de energía solar. Ni rastro de ningún vehículo, así que si necesitamos ayuda, poca nos podrán prestar. Apenas tres calles forman la ciudad. Nos sentaría bien una bebida que no estuviera demasiado caliente, pero no parece tarea fácil encontrarla. En el campamento hace meses que acabaron el gas que alimentaba la nevera y en el mercado, hoy sin actividad, ni rastro. Con el mapa desplegado elucubramos sobre nuestro destino. Salemata no parece un lugar especialmente encantador como para quedarse, y el último lugar despejado que hemos visto para montar las tiendas quedó varios kilómetros atrás. Parece buena idea dirigirnos a Ebarakh y Oubadji, El camino empeora cada vez más ascendiendo por una escabrosa pendiente. Las pasadas lluvias han abierto zanjas y han descubierto piedras. Habrá que regresar y buscar otra dirección. Al vadear el estrecho cauce de un torrente seco, el coche queda encajonado en el lecho con las ruedas al aire, apoyado en el parachoques delantero y en el enganche de remolque trasero. Salimos del atolladero con el gato y unas piedras. Cruzamos de nuevo Salemata en sentido inverso, y a la salida, Numu señala un paso apenas visible con hierbas de más de un metro que, asegura, es la ruta hasta Etiolo, un pueblo cercano que no figura en el mapa. Según nuestro plano ese camino no es más que una senda que llega a la frontera guineana, a 20 Km. La vegetación deja paso a las piedras al poco tiempo, para aparecer nuevamente después. Circulamos casi a ciegas, sin ver donde pisan las ruedas, que mantenemos equidistantes de la senda de apenas un metro abierta por el continuo paso de gentes. Algunos casas se yerguen en el paisaje, rodeadas algunas por pequeñas parcelas cultivadas; cacahuetes, algodón, plátanos... No estoy seguro de que podamos sacar el coche de aquí, pero habrá valido la pena venir. El camino se ha convertido en un cenagal. Las ruedas se hunden en el barro, pero hemos llegado donde ya no hay marcha atrás. Con los dedos cruzados, y a medio gas, muevo rítmicamente la dirección para ir abriendo camino. Si el coche se para nos pondremos de barro hasta las orejas para salir. Por fin tierra firme. Las ondulaciones del paisaje continúan hasta el horizonte. Solitarios y enormes, los baobabs alardean de su tamaño exhibiendo sus ramas deshojadas. Una vieja leyenda africana cuenta que hubo un tiempo en que los baobabs eran los árboles más perfectos y frondosos sobre la tierra. Era tal su belleza que su alma se tornó altiva y vanidosa. Un día se reunieron los brujos más sabios para castigar tanta soberbia. Hicieron un hechizo, y desde entonces este árbol tiene las ramas enclavadas en la tierra y las raíces hacia el cielo. El camino acaba ante una casa. Otras viviendas, todas separadas entre si por varios centeneras de metros, y comunicadas por estrechas sendas, se avistan en los inmediaciones. El jefe de la familia sale a recibirnos. Ha construido un campamento junto a su vivienda, y no parece mal sitio para pasar la noche. En los alrededores no hay ni un solo claro en el que montar nuestras tiendas con comodidad, así que la aventura es la aventura, pero... El campamento tiene buen aspecto. Algunas construcciones de piedra con techo de paja para dormir, un par de duchas a cazo, y otros tantos retretes rodeado todo por una cerca de ramas, distribuidos en un claro desbrozado. Un par de troncos, a modo de valla lo separan de la vivienda familiar Es la hora mágica en que se confunden luces y sombras, la hora en que muera la tarde. Damos una vuelta por los alrededores para desentumecer los músculos. Seguimos uno de los senderos que bordea una casa próxima y desciende hasta un pequeño riacho de apenas un metro por el que discurre un agua limpia y fresca. Tras él la senda asciende hasta una pequeña casa en la que un grupo de personas se afanan en la limpieza y preparación de unos frutos de tono naranja y sabor agridulce que dejan en la boca una aspereza perdurable. Nos acercamos después hasta un enorme baobab, bajo el que restos de virutas de madera lo señalan como el lugar de trabajo de alguien. Luego nos contarán que es allí donde se hacen las mascaras que se utilizan en las fiestas. De regreso al campamento, montamos las tiendas sin el sobretecho. Tal vez consigamos pasar un poco de frío. Será una delicia. Hemos dado patatas,cebollas y aceite al hombre del campamento para que nos las cocinaran con un pollo de su cosecha. Ya entrada la noche, y tras una refrescante ducha, sobre una enorme esterilla de caña extendida frente a las tiendas aparece la cena. De las patatas y la cebolla ni rastro, pero el pollo con arroz está exquisito. Invitamos a XXXXX a compartir nuestro plato, y entre bocado y bocado nos explica que construyó el campamento con un socio no hace demasiado tiempo, y que no son muchos los extranjeros que llegan por ahí. El último un español hace un par de meses, y anteriormente una pareja de japoneses, andará por medio año. La instalación se sostiene, nos dice, porqué es nula la inversión y ninguno el gasto. Tan solo pequeños trabajos de mantenimiento que él mismo puede hacer; el poco beneficio que produce es bienvenido en una zona donde el dinero en metálico es un bien muy, muy escaso. Tras la vianda, paladeando una pipa y degustando un exquisito té rodeados de una noche oscura, sembrada de estrellas que hieren con tibia luz la negritud del cielo XXXXXX nos habla de ritos y ceremonias, de leyendas y quimeras. Es esta, tierra Bassari, gentes de campo enraizadas en la tradición. Recelosos del extraño, pero de corazón y hacer honesto. Ávidos de aprender pero deseosos de preservar. Con el rostro parcamente alumbrado por el resplandor que surge de la cazoleta de la pipa y por el escaso fulgor que desprende la danzarina llama de una vieja lámpara de petróleo, a través de sus palabras trasplanta el alma del oyente a los lugares y hechos que narra. Tras las sombras se adivinan a los jóvenes iniciáticos en sus pruebas; o con su pareja, una vez obtenido el honor de ser hombres. Pero a quien le interese el tema ... que se lo pregunte a un Bassari. Ya en la tienda, acunado por el rumor de la noche, pienso en que viajar colma el espíritu de horizontes ignorados, de rostros y paisajes desconocidos, de sonidos de otras voces. Mueren viejas ideas, germinan otras nuevas. Viajar tal vez no prolongue la vida; pero la intensifica para vivirla a lo ancho y no a lo largo. Por la mañana, echamos mano del café, la leche y las galletas de nuestras provisiones para desayunar. Guiados por XXXXXXXX tomamos uno de los múltiples senderos que se entrecruzan entre las diferentes casas para dirigirnos a la del jefe del pueblo, con tal de cumplimentarle, como es obligación de cualquier visitante. De camino nos detenemos ante la casa del pueblo, lugar de reunión de los bassaris para la toma de decisiones. Próxima a ella se alza la casa de los jóvenes, coronada su techumbre por la figura del camaleón, animal tótem de este pueblo. Más adelante la escuela; dos aulas atendidas por sendos profesores de diferente sexo, venidos desde Tambacounda, que pasan ahí la temporada escolar. Algunos de los alumnos deben recorrer cada día distancias de incluso diez kilómetros a través de la montaña para llegar hasta aquí, donde se les ofrece un plato de arroz y se les inicia en el arduo camino de la cultura. El jefe está ausente. Nos recibe su hermano enel patio de la morada, en el que cabras, pollos y niños corretean con libertad. Es este un buen lugar para vivir, en la falda de una colina, por encima del extenso valle; un lugar donde cada día no es más que otra jornada, donde la vida se acepta con la simpleza que se presenta, donde se percibe el olor de África, ese impreciso aroma entre flores y estiércol. Después recogemos las tiendas y anta la imposibilidad de seguir la ruta con el vehículo por esa zona retornamos hacia Salemata demorándonos ante paisajes y gentes que coinciden en el camino. Es día de mercado en Salemata. Hasta aquí han llegado para ofrecer o adquirir productos gentes de lejanos pueblos, venidos algunos desde el otro lado de la frontera. Puestos de miel, de leche fermentada, de dulces, de mangos, naranjas y aguacates, de bolas de carne seca, de cubos de plástico, de té, de azúcar... todo se vende y todo se compra.Hasta aquí ha llegado, en su viaje semanal, un destartalado taxi brousse de ventanillas sin cristales y tablones de madera a modo de asiento. Apenas unas chapas y un motor que, en su recorrido semanal entre Kedougou y Salemata, con sus mercancías y gentes apiñadas, bombea ríos de vida a esta comunidad. Nos hemos aprovisionado en el mercado de fruta y unas sabrosas pastas de sabor dulce y contenido indefinido. A marcha pausada desandamos camino para llegar hasta Iwel. Numu nos acompaña a su casa para refrescarnos con una reconfortante ducha de estilo africano; un barril de agua con una calabaza a modo de vasija para arrojarse el agua sobre el cuerpo mientras se mantiene un inestable equilibrio sobre una losa de piedra sobrepuesta sobre el suelo de guijarros que facilitan la evacuación del agua caída. Ajenos a nuestros trasiegos, el resto de la familia sigue en su quehacer diario. La abuela azuza un fuego mortecino que le aliviará la humedad de la noche, la madre atareada en la cena, las hermanas trasiegan en sus elaboradas trenzas ... El padre de Tamba consiente en que instalemos nuestras tiendas en el patio de la casa, y la hermana mayor despluma un pollo para prepararnos la cena. Uno de los hermanos nos dice que su madre todavía no ha llegado. Salió de mañana hasta el mercado de un pueblo, quizás Koumafele, para comprar leche y revenderla luego en Iwel; pero la noche la habrá sorprendido en el camino. Salimos a buscarla con el coche. Recorremos otra vez, ahora de noche, parte de la pista de Salemata. Es una noche negra. Los focos del Nissan proyectan luz sobre el camino, pero oscurecen aún más el bosque que nos rodea; parece que la vegetación se aparte con pereza del camino que ha invadido para descansar en la noche. Preguntamos a todo el que encontramos sobre la madre. Las gentes andan apresuradas; grupos de dos o tres personas, ningún caminante solitario. El miedo ancestral a la oscuridad y a lo desconocido se acrecienta ante el riesgo real a los animales. Finalmente alguien nos da noticias; decidió quedarse a pasar la noche en casa de una familia amiga a poca distancia de donde estamos. Adentro el coche por el bosque siguiendo una senda apenas visible hasta llegar a las casas. Ahí está la madre de Tamba y dos vecinas, cargadas con pesados cubos, que estoy seguro que yo no podría ni levantar. Suben en el coche y regresamos a Iwel. Compartimos cena con un par de trotamundos españoles que han llegado hasta el pueblo con dos destartaladas bicicletas de ruedas casi cuadradas alquiladas en Kedougou. Cada uno por separado, llevan varias semanas de viaje en solitario por el país. Uno de ellos conecta la radio de onda corta, y escuchamos las noticias de radio nacional. Nada nuevo por casa. La noche ha sido dura y larga. El perro de la familia, de color canela y franjas blancas, de raza indeterminada y potente aullido, no ha cesado de ladrar en toda la noche. Tal vez con las tiendas hemos invadido su lecho, o simplemente se siente abrumado por el deber de proteger a estos extranjeros tan extraños de cualquier peligro; pero el caso es que nunca sabrá lo cerca que estuvo de ser víctima del lanzamiento de una zapatilla. El animalito está agotado por la mañana. Duerme panza arriba sobre unos troncos dejando que el sol le acaricie. Me propongo no dejarle dormir para que sufra lo que yo he soportado en la noche, así que me quedo en la casa, curioseando en las tareas comunes de la familia, sin decidirme a ascender hasta la montaña en la que se asienta el pueblo Bassari de Iwol. Prescindo de la caminata para relajarme ante la vista de una madre espoleando a los niños camino de la escuela, del lento inicio de la preparación de la comida, o del padre de Tamba que se dirige con su bicicleta a trabajar en los campos de maíz y llevando al hombro su viejo fusil para ahuyentar a los monos que causan destrozos en la cosecha. Subí a Iwol en mi primer viaje a Senegal; calor de mediodía, lluvia de septiembre... Puede que fuera apenas una hora de camino, pero a mi me parecieron meses. Al inicio, el camino ascendía con suavidad entre maizales y junto a algunas casas, pero poco a poco iba tomando verticalidad. En lo alto de la colina se extendía un paisaje espléndido. Baobabs y palmeras sobresaliendo entre una hierba de altura considerable. El pequeño pueblo estaba desierto, sus habitantes estaban trabajando en los campos, así que nos sentamos a esperar a que regresaran. Pronto lo hicieron. Algunos, muy pocos, atravesaban su nariz con púas de puercoespín. En las proximidades, se yergue un enorme baobab, dicen que el más grande de Senegal que exhibe con orgullo sus 23 metros de diámetro de tronco. Me cuentan que ahora cobran una pequeña tasa a los turistas que llegan hasta ahí. Bienvenida sea si revierte en beneficio de sus habitantes. En el descenso se aprecia la belleza del valle que se extiende a los pies de la montaña. Una vieja leyenda habla de las piedras gemelas que asoman al precipicio desde la cumbre. A mediodía desmontamos las tiendas y regresamos a Kedougou. Después de comer y dejar de nuevo el equipo de acampada al cuidado de Tamba emprendemos la ruta de regreso hacia el norte, a Tambacounda. Intentaremos llegar antes de que anochezca, para así mañana poder llegar a Casamance; aunque de todas formas somos conscientes de la autenticidad de las palabras de A. Moravia cuando dijo que en África los proyectos no son, a menudo, más que fantasías programadas de resultado incierto. Con la carretera en óptimo estado circulamos a buena velocidad bajo la luz mortecina de la tarde. Nos detenemos en un recodo del río Gambia para intentar avistar algún hipopótamo, pero no hay suerte. Unos kilómetros más adelante, hacemos otra parada cuando cruzamos el río Niokolo Koba, apenas un riachuelo. Un cocodrilo se deja arrastrar por la corriente a la espera de la cena. La tarde deja paso a la oscuridad de la noche y contenemos la velocidad para evitar un previsible accidente si algún animal cruza la carretera. Llegamos de nuevo a Dar Salam. Encontramos, o nos encuentra, pronto mi amigo Ibrahim. Solo tengo tiempo de saludarle y darle unas fotografías que guardaba desde hace años. No lo había vuelto a ver desde hace un par de años, aunque sabíamos el uno del otro.
Conocí a Ibrahim hace unos años. Íbamos con mi mujer en un viejo Toyota 4x4 que nos había dado problemas mecánicos, pero después de la última reparación pensaba, iluso que soy, que todo estaría solucionado. Estábamos en la puerta del parque, con las entradas recién adquiridas para pasar un par de día en el interior. Ibrahim se acercó con timidez preguntando si queríamos un guía. Su rostro denotaba honradez, así que sin dudarlo mucho le dijimos adelante. No acostumbro a equivocare con las personas, y aquella no fue una excepción. Éramos los primeros visitantes de la temporada. Las lluvias se habían retrasado y los trabajos de reparación de los caminos y el quemado de la hierba apenas habían comenzado. Los animales tenían mucho agua para beber y estaban dispersos; no iba a ser fácil avistarlos en los 9.000 km2 de parque. En el reverso del ticket de entrada constaban las normas básicas para evitar un accidente y preservar el parque y su contenido: Circular a velocidad moderada y no hacerlo de noche ni fuera de las pistas y no descender del vehículo en la proximidad de animales aunque pudiera parecer que no se mostraban agresivos. Parecían de sentido común, pero como nos dijo uno de los guardas del parque, no seríamos los primeros turistas que intentaban acariciar un león tumbado a la sombra de un matorral. Tomamos la pista de firme arenoso que se inicia tras la barrera de la entrada al parque. Discurre entre paredes de hierba de unos dos metros de altura y dificulta la visión de los aledaños. Unos quince kilómetros después llegamos a Badi, pequeño pueblo abandonado cuyos habitantes se han trasladado al exterior del parque. Bajo las indicaciones de nuestro guía seguimos por la pista, dejando a izquierda y derecha otros caminos que se entrecruzan. Nos cuenta Ibrahim que los mejores lugares para avistar animales son los mares; humedales que se inundan durante la época de lluvias y que mantienen agua hasta muy entrada la época seca y la mejor hora la del amanecer o del atardecer. En los árboles próximos al camino atisbamos algunas aves; y monos de diversas especies, ya solitarios ya en grupo. Tras haber recorrido unos 30 kilómetros llegamos al hotel de Simenti, que permanece cerrado después de la estación de lluvias. Sin embargo el guarda del recinto nos alquila un par de camas por una no demasiado módica cantidad. Ya con la cama asegurada seguimos por una pista que borde el río Gambia, más adelante desviándonos hacia el río Niokolo Koba en dirección al campamento del león. Aunque cerrado, se ofrecen a prepararnos comida. Mientras se calienta el agua para el arroz pescamos algunos peces en el río con un pedazo de hilo y un alambre doblado, usando un caracol capturado en la orilla como cebo. El calor opresivo y sofocante invita a descansar en una de las cabañas de paredes de hoja de palma trenzada y catres de caña a pié de río. Después, seguimos camino hasta un puente colgante en precario estado, tendido sobre un estrecho barranco, apenas una cicatriz en la vegetación. Continuamos adelante por pistas desaparecidas entre la espesa hierba. Tan solo la pericia de Ibrahim nos permite continuar adelante. Nos detenemos el algunos mares, pero únicamente se dejan ver algunos rumiantes y escasos cerdos salvajes, sin olvidar los omnipresentes monos y aves que nos sorprenden en cualquier recodo del camino. Nos acercamos después hasta el campamento de los guardas del parque, junto al río Gambia, al noroeste de Simenti. Unas cabañas de piedra y apenas una docena de hombres. Tras las casas una enorme jaula metálica alberga dos jóvenes guepardos. Nos cuentan que una francesa pretendía sacarlas del país en una bolsa de mano. Le fueron decomisadas y se mantienen en cautividad hasta que sean lo suficientemente adultas para conseguirse la caza por si mismas. Entretanto las alimentan con cabras que aportan las gentes de los poblados. Los guardas luchan intensamente contra la caza furtiva, aunque no siempre con el resultado apetecible, ya que los furtivos acostumbran a ser más y disponer de mejores armas y equipamiento que ellos, que tan solo cuentan con viejos fusiles militares y una radio que los conecta una vez al día con el puesto de control de Dar Salam. Nos acercamos hasta la pista de aterrizaje, situada a pocos kilómetros, apenas una franja de terreno desbrozada en la avistamos numerosas cabras de varias especies. El sol, pasa del blanco resplandeciente al rojo opaco en su caída imperceptible. Nos aproximamos al río que discurre pausado, como dormido, invitando al baño que arrastre el sudor; sin embargo su interior está alerta; en el centro del cauce un cocodrilo se desliza silencioso; unos metros más allá los hipopótamos pacen en el fondo, emergiendo regularmente. Preparamos la cena a la exigua luz de un fanal de gas en el fogón que llevamos. Alrededor se levantaba un impenetrable muro de oscuridad que dejaba pasar tan solo el sonido de la misteriosa vida que se agita en el bosque. A apenas unos metros se levantaba un árbol iluminado con la fluorescencia de miles de pequeñas mariposas luminosas que dejan estelas blancas tras de sí. Al final tuvimos que apagar la luz ante la continuada lluvia de pequeñas palomillas que se movían con rapidez por encima de la lámpara, sobre nuestras caras y nuestras manos. El día había sido intenso, nuevas experiencias, nuevos lugares; y el coche no había dado problemas salvo el pinchazo de una rueda; no preocupante en cuanto que nos quedaba otra rueda de recambio. Decidimos, no obstante, no permanecer en el parque otro día ya que la enmarañada vegetación y la abundancia del agua hacían difícil el paso e imposible avistar animales. Cuando al día siguiente partimos de mañana pensábamos llegar en poco tiempo a la carretera principal, pero a pocos kilómetros de Simenti el testigo rojo del aceite se iluminó bruscamente. El motor, con el soporte roto otra vez, se había ladeado, y uno de los tubos de aceite estaba partido. Estábamos en una pista estrecha, con alta vegetación enmarañada a ambos lados, a unos 10 Km. de Simenti y a unos 20 de Dar Salam. Nos pareció absurdo regresar al hotel, ya que no había teléfono ni radio, ni tampoco esperaba encontrar recambio para el tubo partido. Así que tomamos la decisión de que Ibrahim y Doudou se acercarían andando hasta Dar Salam (20 Km.) y desde allí intentarían conseguir algún camión para que nos remolcara fuera del parque, mientras mi mujer y yo esperaríamos en el coche. Había la posibilidad de que los guardas del interior del parque tuvieran un 4x4 que pudiera remolcarnos, pero para contactar con ellos había que llegar a Dar Salam antes de las 12 de la mañana, hora en que hacían el contacto por radio. Las horas pasaban despacio en el interior del coche bajo el sol abrasador. Recordé las palabras de Stanley cuando decía que la civilización nunca parece tan atractiva como cuando uno está rodeado por la barbarie, y sin embargo, por extraño que parezca, la barbarie nunca me parece tan sugestiva como cuando estoy rodeado de civilización. Ya casi mediodía y el calor dentro de la caja metálica del coche era insoportable, así que montamos una lona en la parte de atrás para obtener algo de sombra al aire libre. No me convencía estar fuera del coche en aquel lugar sin ningún tipo de protección, pero recordé que los animales no suelen cazar a mediodía... o eso esperaba. Las horas continuaron pasando entre el espejismo del rumor lejano de un motor y los sobresaltos por cualquier ruido entre la vegetación. Con el sol ya muy bajo sobre el horizonte y convencidos de que nos esperaba una noche en el Toyota, el espejismo se materializó en forma de Renault 12. Ibrahim casi lloraba al encontrarnos. Nos contó que el coche de los guardas estaba averiado, y que no había conseguido nada para remolcarnos, tan solo había ese coche en Dar Salam; su dueño lo era también del campamento; y no había sido fácil persuadirlo para que viniera a recogernos debido al mal estado de los caminos. Era un hombre viejo, de pelo cano y andares renqueantes que nos llevó hasta su campamento. Consciente de que el problema no estaba solucionado, conseguí convencerle de que me llevara hasta Missira, donde recordaba que había teléfono. Desde allí llamé a un mecánico que conocía en Kedougou. Tras explicarle el problema, me dijo que llegaría de madrugada con el tubo de recambio. Es bueno conocer gente. Y llegó, y sacamos el coche y pudimos continuar el viaje. Seguimos luego hasta Tambacounda sin más problema que un inoportuno pinchazo. Llegamos ya de noche, tras cenar buscamos cama en el hotel Asta Kebe, más por la piscina que por el confort de las habitaciones. A quien si le debió parecer confortable fue al pequeño ratón que no dejó de dar la tabarra en toda la noche. Nos esperan más de 400 Km. hasta Ziguinchor, así que partimos con el cuerpo predispuesto a pasar muchas horas en el coche. La carretera fluye a través de un paisaje de sobria uniformidad. Un desvío equivocado que conduce hacia Guinea Bissau nos obliga a retornar sobre nuestros pasos algunas decenas de kilómetros. En Kolda nos aprovisionamos de pan y hacemos un alto para reponer fuerzas. Unos kilómetros después el paisaje cambia por completo. Palmeras y arrozales relevan a baobabs y matojos. Los controles militares, esporádicos al principio, se hacen asiduos. Siempre el mismo diálogo estúpido: ¿De donde vienen? Del anterior control. ¿A dónde van? Hasta el siguiente control. Junto a la carretera las aguas poco profundas del Casamance reflejan como en un espejo las palmeras de la orilla. Las nubes de algodón contrastan en el cielo de azul intenso. Tras 10 horas de camino llegamos a Ziguinchor, capital de La Casamance. Encontramos un lugar para cenar junto al puerto, y también un cibercafé para conectarnos al mundo. Había estado antes en esta ciudad de aspecto colonial. Vine en barco, el Kassoumaye, aunque también el Joola hace el viaje desde Dakar. Recuerdo que paseando por sus calles fotografié una telaraña inmensa que albergaba más una docena de arañas de vistosas franjas amarillas y negras. Tengo fobia a las arañas. Después de haber dormido en un hotel junto al río salimos en dirección suroeste. Nuestro destino es la isla de Carabane. A ambos lados de la carretera ceibas enormes forman una exuberante y enmarañada masa de troncos, ramas y hojas de un verde tan oscuro que casi se diría negro. Militares en uniforme de camuflaje, parapetados tras troncos, bidones o sacos terreros apoyan la sensación de encontrarnos en un lugar en guerra. Algunos, apenas hombres, pasean y se contornean engreídos con el fusil en las manos. Atravesamos Oussouye, dejando atrás el lugar en que probé por primera vez el vino de palma. Agonizaba el sol. Sentados bajo una ceiba dejamos que el tiempo trascurriera al ritmo pausado de África. Alguien trajo un cuenco de vino de palma. Los rostros devinieron difusos y las risas de los niños dejaron paso a los cantos rituales de la noche o al llanto lejano de un recién nacido. Las voces bajaron hasta susurrar, acariciando apenas el oído. Bajo otra ceiba, lejos o cerca, sonaba un djembe. En Oussouye conocí a Josep, un ingeniero agrónomo español que andaba por esos lares como cooperante. Nos prestaron un viejo Land Rover que llegó hasta allí cruzando el Sahara; y tras detenernos a comprar 5 litros de vino (de palma) iniciamos el camino hacia el jardín, un huerto bajo la supervisión de Josep. No estaba lejos, pero parte del camino discurría por un sendero por el que dudo que haya pasado otro vehículo antes. Además de mi padre y Josep, nos acompañaba Pierre, amigo de éste, hijo del jefe del fetiche de Oussouye, el cual, según nos cuenta Josep, le ha iniciado en los secretos de la "marcha" en la región. A la llegada nos recibe Nazaire, el
responsable de la explotación. Nos enseña el pozo, demasiado profundo y con poco agua,
la bomba de agua, demasiado vieja, el depósito elevado sobre troncos de palmera y el
cultivo que constituye la principal producción: unos frutos en forma de tomate de sabor
más picante que la guindilla. Es la época seca y los nuevos planteles crecen a la sombra
a la espera de los días propicios para replantarlos. Nos presenta a sus compañeros de
trabajo y nos acompaña hasta un refugio a la sombra de los árboles, donde tras un rato
de descanso y conversación comemos un magnífico arroz con pescado y ostras aderezado con
una salsa hecha con el fruto de la palmera de la que se obtiene el vino. Nazaire, con mano
experta mezcla el vino de palma que hemos traído con el que ellos tenían, catándolo
hasta encontrar la mezcla apropiada. No sobrará mucho. Acabada la comida, y casi el vino, Nazaire nos acompaña a través de un sendero hasta la sombra de unas palmeras, donde nos presenta a un recolector de vino, que descansa junto a su esposa y su hermana. Un rato de conversación y un poco más de vino. Después accede a mostrarnos el proceso de recolección. Se encarama a la palmera ayudado por un aro fabricado de corteza vegetal. Una vez arriba practica una incisión y coloca un embudo fabricado con hojas, a cuyo extremo sujeta una botella a la que irá cayendo el sabroso líquido. Antes de que la botella se llene deberá subir varias veces, ya que por la textura del líquido el embudo se obtura. Tras despedirnos del amigo de Nazaire y su familia, volvemos al jardín, donde nos esperan unas ostras que comemos acabando con el vino que quedaba. El vino anima el alma y me siento con fuerzas para aceptar el reto de un combate "suave" de lucha senegalesa. Por supuesto acabo en el suelo. Nazaire nos proporcionó una agradable velada y un grato recuerdo de Casamance y como siempre reafirmé la sensación de lo mejor de los lugares que se visitan son las gentes que allí viven. A partir de Oussouye el camino empeora notablemente hasta parecer que haya sido bombardeado con artillería. Pasamos junto a MLomb sin detenernos y arribamos a Elinkine, un pueblo de pescadores punto final de la carretera. Desde aquí debemos tomar una barca para llegar a Carabane Dejo el coche en el campamento avisando que lo recogeré en un par de días. El encargado parece de confianza y supongo que a la vuelta estará entero. Regreso hacia el lugar de donde parten las barcas cruzando a pié por entre los secaderos de pescado. Alquilamos una piragua de motor renqueante y en poco más de un cuarto de hora navegando por uno de los brazos que forma el río Casamance en su desembocadura avistamos Carabane. La marea está alta y la pequeña lancha se acerca bastante hasta la orilla, sin embargo no nos libramos de mojarnos hasta casi la cintura por las pequeñas olas que levanta el aire. Nos alojaremos en el hotel que lleva el nombre de la isla. Agustín, su propietario, un cristiano de etnia Diola educado en Suiza es un buen tipo, aunque algo despistado, siempre con una sonrisa en los labios. En una ocasión, comiendo en mi casa en Barcelona, tuvo que dejar el postre porqué de pronto recordó que tenía billete para tomar un tren a París en menos de una hora. Un amigo lo llevó en coche a la estación y llegó por los pelos. Vamos a comer a XXXXXXXXX. El propietario es Bouba, un viejo amigo que trabaja como guía y que creo que anda por Dakar. Su hermano Doudou, también vive en la isla y me ha acompañado en un par de viajes por el país, espero que esté aquí. Sin embargo el restaurante lo llevan otros dos hermanos. Hablo de hermanos en el concepto de la gran familia africana, en el que un hermano puede ser un primo o un hermanastro. Ese concepto general de gran familia es beneficiosos en tanto a que nadie queda desamparado ante la adversidades. Todos, ya sean jóvenes o ancianos estarán siempre bajo el cobijo y ayuda de la familia. En contrapartida, si un miembro de la familia destaca económicamente porque trabaje en el extranjero o sea un comerciante próspero, será toda la familia quienes continuamente soliciten su ayuda y dinero. Como resultado tenemos un país en que los ancianos nunca estarán desamparados, pero en el que los emprendedores difícilmente pueden llevar adelante sus proyectos ya que deben arrastrar el lastre de la familia. Bueno o malo...¿? Mientras preparan la comida, nos damos un baño en las aguas poco profundas de la playa. Doudou, avisado por un hermano, llega enseguida, y nos fundimos en un abrazo. Hablamos de novedades, de su familia, de su hijo nacido cuatro días antes, de su proyecto de trabajar en España, con el visado a punto de recoger; y también de viejos recuerdos y de muchos amigos comunes. Pasamos las horas sofocantes del mediodía acompañados del sonido de un djembe que Doudou aporrea con maestría. Por la tarde con una barca alquilada nos adentramos por los sinuosos canales de los mangles. De sus raíces cuelga una miríada de exquisitas ostras. Los ojos de experto pescador de Doudou eligen las raíces más pobladas cercenándolas con el machete. Una pequeña barca amarrada en una entrada entre la vegetación delata la entrada a la isla. Mientras el conductor de la piragua prepara fuego para asar ligeramente las ostras, nos adentramos por un sendero hollado entre la hierba hasta una agrupación de cuatro cabañas en la que vive una familia de pescadores a los que compramos un par de litros de vino de palma para acompañar la comida. Regresamos a la orilla donde ya nos esperan las ostras asadas. Poco a poco vamos tomando presteza en la obertura de los bichejos. Tras la deliciosa merienda regresamos a Carabane en un crepúsculo en el que el negro del mar contrasta con el todavía azul del cielo y el rojo intenso de las nubes. En un viaje anterior, acompañados por Agustín fuimos hasta Hitou, situado frente a Carabane, en la orilla norte de la desembocadura del río Casamance. Habitada por gentes profundamente animistas que han hecho del culto a las fuerzas de la naturaleza su modo de vida. Los numerosos fetiches dan prueba de ello, pero no por eso dejan de ser afables con los visitantes, y agradecen (nosotros mucho más) un rato de conversación, animada como no, por el vino de palma. Tras la cena, caminamos por la playa dejando que el rítmico oleaje golpee los pies. De pronto percibimos que no somos los únicos paseantes en la playa. Unos metros mar adentro, por parejas, pescadores de gambas realizan su tarea. Arrastran entre ellos una red en la que quedan atrapadas las gambas. Con una pequeña linterna alumbrando el agua, distinguen por el brillo de los ojos los lugares donde puede haber mayor números de presas. Después, una a una, las desenredan y guardan en un cubo atado a la cintura. En poco más de una hora, con el cubo mediado, cesan en su labor. Hace algún tiempo participé en una noche de pesca. No fue tarea agradable con la humedad impregnando la ropa y la brisa fresca batiendo constantemente sobre ella. Pese a que la temperatura era alta, la sensación de frío se hacía intensa. También contribuyó a ello la aprensión de andar por una agua negra como la noche, ocultando, creía yo, monstruos marinos que me rozaban los pies. De hecho el único peligro real podía ser alguna raya despistada que me sacudiera una buena descarga eléctrica. Tras la pesca, la noche se presentaba insomne, y ya de madrugada salí a pasear por la playa. Distinguí una luz junto al pueblo. Era una pequeña taberna, a pié de playa en la que no había reparado durante el día. En el interior, dos rostros iluminados por la exigua luz de una lámpara de petróleo jugaban una partida de escrable. Un tercero contemplaba el juego, y tras una cortina el rostro de una mujer de cara soñolienta fiscalizaba el conjunto. Le pedí un té y me uní de mirón a la partida, observando aquellos rostros adustos, de barba cerrada, que inspirarían temor incluso a plena luz del día. En cualquier otro lugar, en cualquier otro país esos mismos rostros estarían jugando a cartas, con una botella de mediada de whiski sobre la mesa y un cenicero a rebosar de colillas. Sin embargo aquí, en Carabane, jugaban a escrable, fumando en pipa y bebiendo té. De mañana paseamos indolentes por la isla. Vagamos por los arenosos senderos entre las casas de los pescadores. Tan solo una cuarta parte de la isla es de tierra firme, cultivada o habitada. El resto lo ocupan tierras bajas que se inundan con la subida de la marea o impenetrable vegetación espinosa. La población habita en la costa norte, y al sur y al oeste se extienden los campos de arroz que se está recolectando en estos días. Grupos de mujeres de la isla, o de otras próximas recogen las espigas una a una cortándolas a cuchillo, mientras entonan una canción. Algunas con bebés a sus espaldas, exhiben en su rostro el sudor y la fatiga del duro trabajo bajo el sol. Camino de los campos de arroz se encuentra el viejo cementerio cristiano. Entre las tumbas destaca el monolito bajo el que está enterrado el capitán Protet, de quien cuenta la historia que fue abatido por una flecha diola y, antes de morir, pidió ser enterrado de pié para continuar vigilando a su enemigo. Verdad o mentira, lo cierto es que el cementerio es un lugar ideal para contemplar los lagartos de la isla. Los pequeños reposan al sol sobre las lápidas de piedra, mientras los de mayor tamaño se escuchan avanzar entre la espesura. Pero quizás el mayor espectáculo que ofrece la isla es la llegad del Joola, el enorme barco que arriba a Casamance procedente de Dakar. A la ida y al regreso se detiene frente a la isla, y guiados por el sonido estruendoso de sus sirenas, decenas de piraguas inician un frenética carrera desde los pueblos próximos para acercarse al enorme mastodonte con tal de recoger o llevar pasajeros y ofrecer sus mercancías a los viajeros. Entre estas mercancías, bolsas repletas de estupendas ostras hervidas y secadas al sol provenientes de los contorsionados manglares. Al atardecer nos dirigimos en piragua hasta la isla de los pájaros, situada al sudeste de Carabane. Se trata de una minúscula parcela de tierra, cubierta enteramente por espesa vegetación. Nos acercamos con cautela y en silencio. Pronto empezaron a llegar cigüeñas y XXXXXXXXXXXX centenares de aves de otras especies, hasta convertir el lugar en una estridente cacofonía. Con el sol ya oculto en el horizonte regresamos a Carabane, mientras las aves continúan llegando a la isla recortando su silueta bajo el cielo color humo. Ya en Carabane nos atiborramos de gambas. Doudou nos deja pronto para despedirse de la familia. Vendrá hasta Dakar con nosotros y luego esperará a que le llegue la autorización para viajar a España. Allí le espera un trabajo y un futuro impreciso. Aquí quedaran su mujer, sus hijos, sus padres, sus hermanos, sus amigos y su tierra. El día ha amanecido ventoso, y la piragua que nos lleva a Elinkine se encabrita sobre las diminutas olas. Doudou tiene la cara y el ánimo pesaroso, aunque mirada esperanzada. Antes de desembarcar en Elinkine pasamos por un control de la marina militar, antesala de los que nos esperan en la carretera. Recogemos el coche y tomamos la carretera hacia Ziguinchor. Es domingo y en MLomb los padres escolapios de la misión celebran la misa en una iglesia a rebosar de fieles o no tan fieles en traje de fiesta. Tras la ceremonia, el festejo sigue en la calle con cánticos y bailes, siguiendo luego hasta las dependencias próximas de la misión. Nos quedan pocos días de viaje y decidimos dejar en la misión medicinas y algo de material escolar que nos queda. Compartimos algo de cerveza y charla con un par de curas catalanes. Seguimos hasta Oussouye, donde nos detenemos en el campamento del pueblo a adquirir algunos souvenirs. Hay lo mismo que en Dakar y por lo menos así repartimos los beneficios.Luego nos desviamos del camino hasta un pequeño pueblo para visitar una de las típicas cabañas implubium de la zona. Se caracterizan por tener el techo en forma de M, recogiendo las aguas pluviales por el centro del tejado, canalizándola luego hacia el exterior. Las estancias o habitaciones de la casa se distribuyen alrededor del orificio central. El camino hacia el norte continua sin más impedimentos que los continuos controles. Ya en las puertas de Ziguinchor un policía decide que seremos blanco fácil y después de revisar a conciencia la documentación y el vehículo, decide multarnos porqué no funciona un intermitente. En vano apelamos a que el nuestro debe ser el único coche de Senegal al que todavía le funcionan los otros tres intermitentes. Nos retira el permiso de circulación que no nos devolverá hasta que le presentemos el recibo de haber abonado la multa en la comisaría, así que nos encaminamos a ella, y conseguimos que nos rebajen el precio hasta menos de 400 Ptas. Sin más incidencias llegamos a la frontera de Senoba ya anochecido. En la aduana los trámites no se demoran demasiado, y en unos minutos estamos en Mansa Konko. Detenemos el coche en el centro de la ciudad. A un lado de la carretera hay que presentar la documentación del vehículo, al otro los pasaportes. Debido a la hora no hay mucha afluencia de paso y por tanto no debemos esperar demasiado. Gambia es un país que requiere visado para su entrada, sin embargo se exime de él a quienes cruzan por esta carretera. No ocurre lo mismo en la ruta de Banjul, en la que aunque se vaya de paso hay que abonar las más de 8.000 Pta. del documento. El último trasbordador ya ha salido, y el próximo no lo hará hasta mañana por la mañana, así que tendremos que pasar la noche en la ciudad, intentando no hacernos demasiado visibles para la policía que encontraría en nosotros una buena fuente de ingresos al no disponer del sello en el pasaporte que nos autorice a permanecer en el país. Un apagón ha dejado sin luz eléctrica la villa, iluminada tan solo por los faroles de petróleo de algunos comercios. A la salida, ya un poco agobiados, encontramos lo que se anuncia como un hotel, en el que la falta de luz refuerza su aspecto lúgubre. De todas formas disponen de lo necesario: un patio vallado para guardar el vehículo y camas libres. También un lavabo, pero evito su uso cuando al sentarme en la taza; iluminadas por mi linterna una familia de arañas del tamaño de tanques, o eso me parece, están desplegadas en posición de ataque por las paredes, techo y suelo. Creo que nunca me había subido los pantalones tan rápido. ¿Dije ya que tengo fobia a las arañas? No hay cocina así que buscamos condumio en las tascas de la vecindad. El menú no es variado, pero si delicioso. Una ensalada y medio pollo asado al carbón en una parrilla fabricada en el interior de un viejo barril de petróleo. Justo al lado, la cafetería. Apenas una mesa sobre la que se apoya un fogón de gas en la que se calienta agua permanentemente, y que vertida en un vaso con la dosis justa de nescafé y leche condensada resulta un reconstituyente excelente. Un balde con agua sobre la mesa permite desengrasar los dedos tras la comida; tradición inglesa sin duda. La ausencia de luz favorece la escasez de mosquitos, que se ve compensada por la abundancia de pulgas que se encaraman ágilmente por nuestras piernas. Madrugamos para intentar llegar de los primeros al local donde venden los pasajes para le trasbordador. Está todavía cerrado cuando llegamos, y tan solo un camión, con su conductor durmiendo bajo el vehículo envuelto en una manta se nos ha adelantado. Incluso los puestos de los vendedores ambulantes están todavía atrancados. Media hora después conseguimos los billetes, y más adelante los mostramos al vigilante que nos franquea el paso al recinto vallado del puerto Otro empleado nos indica el lugar donde debemos situar el coche, y tras nosotros siguen llegando otros vehículos, hasta formarse una larga cola. Desde hace algún tiempo la carretera es la única forma de comunicación entre Casamance y el resto del país. El Joola reparándose en Dakar y el cierre de la empresa que gestionaba el Kassoumaye obligan a realizar el trayecto por carretera, y como consecuencia se forman importantes aglomeraciones a la espera de este trasbordador. Desayunamos en plena calle un soberbio café con doble dosis de leche condensada y un bocadillo de carne de animal ignorado que nos prepara un viejo de ojos eternos, que acumula mucha edad y pocos dientes. Tras un par de horas de espera llega el trasbordador. Los empleados se encargan de dirigir la maniobra para apretujar al mayor número de vehículos y personas en la plataforma. En pocos minutos llegamos a la otra orilla, simétrica a la opuesta en gentes y comercios. Tras la frontera nuevos trámites con la documentación de vehículo y personas. Tampoco esta vez las tasas son muy elevadas. No media la mañana cuando de este pequeño país enclaustrado en su hermano mayor. La ruta asfaltada continua en dirección a Kaolack para unirse a la carretera de Tambacounda a Dakar. Nosotros nos desviamos a la derecha, por una carretera asfaltada que se acaba a los pocos metros y se convierte en una pista en no demasiado mal estado que conduce hasta Kaffrine, a través de Medina-Sabak, Nganda y otras pequeñas aldeas. Pese a estar en el centro del país, muy próxima las principales rutas de paso, esta zona permanece olvidada por los turistas por carecer de un interés específico. El camino discurre y se enreda entre las casas de los pueblos. Entre estos; campos de algodón, mijo y cacahuete, separados por arboledas de baobabs. El paisaje es seco, de sabana africana, con tierra arenosa y vegetación escasa; tan solo algunos arbustos y árboles espinosos. En algunos puntos del camino donde el agua se acomodó formando lodazales, restos de viejas rodadas dificultan el paso. Pocos encuentros en el camino a esta hora de mediodía en que el sol aplasta la voluntad. Tan solo algunos rebaños que dejamos atrás y algunos mulos agotados tirando de los carros que a modo de autobús transitan entre las aldehuelas. Nos detenemos en algunos pueblos y donde topamos con gentes en sus labores. Son almas de campo que se extrañan de que los tubabs se interesen por sus cosas y aún más de que se detengan a cruzar unas palabras. Si tuviera que resumir ese itinerario en unas pocas estampas, no olvidaría al grupo de mujeres moliendo mijo, o a otras dos alternándose en tirar de la polea para sacar agua de un pozo profundo como el infierno, o a los niños oteando tras una valla mientras descansábamos en la plaza del pueblo bajo una humbrela, compartiendo una tónica rescatada bajo innumerables fardos por un tendero obsequioso; ni dejaría tampoco en el olvido la inmensa sandia, que comimos a la sombra de un baobab, comprada poco antes a una anciana de rostro surcado por mil avatares, pero de ojos en los que brilla el anhelo de vivir; o aquel profesor imposibilitado de poner orden en su aula cuando paramos el coche frente a la escuela. Como olvidar tampoco a aquella mujer recia de carácter firme, casi adusto, y timidez fingida que me vendió su viejo mortero, sabedora que ofrecía algo viejo, de imposible uso a precio de nuevo, y la risa de su amigas conocedoras del engaño cuando acepté el trato. La pista se ensancha considerablemente a partir de Nganda, y se convierte en una autopista sin asfalto hasta Kaffrine, en la carretera N1. Solo cruzar la carretera encontramos el campamento de la ciudad. Su aspecto lujoso y lo temprano de la hora nos animan a continuar hasta Kaolack. Nos instalamos en un hotel cercano al mercado. Después de la pertinente ducha que arrastra el polvo acumulado en la pista salimos a pasear por el mercado, noble arte que me gusta practicar allí donde voy. Deambular entre los puestos de fruta, embelesado en el contraste y armonía de los colores y formas; caminar entre los sacos de especias, detenerme ante los mostradores de los carniceros en los que la sangre ya seca contrasta con el mármol blanco, de los que se destila el inconfundible olor dulzón de la muerte y sentir el roce en el rostro de las finas telas que se exhiben en puestos que ocultan más de lo que muestran. En un mercado se estimulan y atiborran los sentidos; la variedad infinita de sonidos, imágenes y olores se amalgaman y confunden entre si. Tras el paseo, cenamos en un libanés próximo y más tarde, en el hotel, la televisión nos devolvió por un instante a nuestra realidad cotidiana. Sin demasiada prisa salimos hacia Dakar. Mañana sale el avión que debía devolvernos a casa. Si es cierto que el viajero es aquel que nunca viaja con billete de vuelta, creo que nunca llegaré a serlo. Estoy aferrado a mis raíces, a mi familia, mi ordenador, mis libros... De tener más tiempo quizás hubiéramos subido hasta St. Louis, en el norte, para pasear por el barrio de pescadores o esperar la arribada de sus barcas.
Estuve dos jornadas en St. Louis en mi primer viaje a Senegal, y pasé por allí en otro viaje al país por carretera a través de Marruecos, Sahara y Mauritania. Es una ciudad divida por los brazos de la desembocadura del río Senegal a la que se accede por el emblemático puente de hierro. Recuerdo los edificios que daban fe del pasado colonial de la ciudad, y el barrio de pescadores, de aspecto pobre pero lleno de vida, de hombres y mujeres yendo y viniendo y de chiquillería alborotando. En algunos rincones, frente a frente, viejos pescadores entablaban lucha ante un tablero en un juego similar a las damas. Al atardecer las barcas arribaban cargadas de hombres y pescado. Al día siguiente, festivo, esos mismos hombres disputaban a remo una carrera en la ensenada. De la mañana a la noche el cielo estuvo cubierto por una bruma que difuminaba los contornos. El viento arrastra nubes de arena del cercano Sahara que cubren durante días la ciudad.
Camino a Dakar nos detenemos en Sali-Portugal, un enclave turístico para el que no encuentro un calificativo adecuado. Tal vez denigrante sería apropiado. Un lugar creado por y para los blancos que no se atreven a salir del recinto vallado y custodiado. Una isla deplorable en mitad de un país magnífico. Nunca había ido y no creo que vuelva a ir, pero he quedado allí con Bouba un buen amigo al que no veía desde que habíamos pasado unos días juntos en Barcelona. Lo encontré un poco maltrecho por un reciente accidente de moto, pero tan vital como siempre. Luego seguimos de nuevo hacia la capital. Poco antes de la ciudad dejamos a la derecha el desvío hacia el Lago Rosa, apenas indicado en un rótulo caído. Visité el lago en un día gris y el color de sus aguas reflejaba el del cielo. Mujeres y hombres con agua hasta las rodillas extraían la sal del fondo del lago. Luego la depositaban en pequeñas barcas y la transportaban a la orilla, donde, cubo a cubo, formaban pirámides que señalaban con las iniciales. En la orilla contraria la arena llegaba a besar el agua. Solamente un kilómetro más allá se extiende el Atlántico. Entramos en los suburbios de Dakar y nos diluimos entre el tráfico infernal hasta llegar al hotel. Descargamos el equipaje y restituimos el coche a quien nos lo dejó. Luego nos acercamos al mercado de XXXXXXXXXXX para cumplir con nuestra obligación de turistas y comprar los últimos souvenirs. Será por el ramadán, pero noto a los vendedores menos pesados que otras veces. Después, un rato de charla en el Ponty, un local frecuentado por soldados y trabajadores franceses y por algunas mujeres de vida, digamos, licenciosa. Pese a ello, la discreción del ambiente hacen de él un local perfectamente apto para menores, incluso recomendable si se quiere huir por unos momentos del bullicio de las calles del centro. Además en los últimos años han reconvertido una parte del local utilizado como sala de videojuegos en un cibercafé. La merienda-cena en el Ali-Baba y una fastuosa copa tres sabores en una heladería próxima pone el colofón a la noche. Agotamos hasta el último minuto la estancia en la habitación, conscientes de que tenemos todo el día por delante porqué el avión no sale hasta la noche. Pudimos haber ido hasta la isla de Goree pero nos abandonamos a la displicencia. No puedo decir que Goree me entusiasme. Cuando la visité me abrumó un extraño estado de ánimo. Las viejas casonas de los esclavistas dan un aire decadente al conjunto. La ominosa penumbra del interior de la casa de los esclavos y el lóbrego museo oprimen el alma. Cerrando los ojos casi parecen escucharse los gritos y lamentos de los hombres y mujeres prestos a ser llevados a un destino sin futuro. Hace años, visitando el campo de concentración en Austria, tuve esta misma sensación. Dejamos que la jornada fluya ante nosotros sin hacer mucho para atraparla. En este estado de ánimo el tiempo parece detenerse y transcurre como a cámara lenta. Ante los ojos se suceden los personajes que forman el gran teatro, sin que aceptemos que nosotros mismos somos un personaje más. ¡Hasta cualquier otro día en cualquier lugar! Jaume A. |
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